Vi por primera vez Lo imposible hace meses en casa de J. A. Bayona. La primera sorpresa fue descubrir el salto tan brutal que había dado desde El orfanato, un fanzine al lado de Lo imposible. Un salto espectacular. El montaje aún no era definitivo y quería saber mi opinión. Se la di. Poco tenía que decir respecto a una película que, en cierta medida, me sobrepasaba. Era cine-espectáculo con mayúsculas. Muy al estilo Spielberg. Y muy alejado de lo que hacemos, o podemos hacer, o sabemos hacer en España.
Información publicada en la página 60 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 08 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Como muchos de su generación, tiende al sueño americano e incluso llega a lo mercenario haciendo de la imitación un estilo, pero Bayona lo trasciende y no pierde un aspecto autoral que carga a la película de una verdad independiente de los fuegos artificiales y las concesiones que el cine-espectáculo conlleva. Cabalga el toro salvaje del rodeo americano y lo doma. Aunque el reparto sea internacional, la película es cien por cien española. Aunque se alimente del cine americano, tiene una voz propia, artesanal, heredera de los 70, y sobre todo sensible.
A mí me parece admirable la manera que tiene de describir el desconcierto de esa madre y ese hijo en medio de un mundo hostil, que no conocen, que les supera y que les hace depender el uno del otro en esa inmensa soledad creada tras la catástrofe del tsunami. Me recuerda el silencioso viaje de Debra Winger por el desierto tras la muerte de su marido, John Malkovich, en una película muy querida para mi, El cielo protector, de Bernardo Bertolucci.
Volví a ver ahora Lo imposible en el festival de San Sebastián. Pantalla grande, gozada grande. Tan grande como él, a pesar de que sea muy bajito.