La desesperación, en unos casos, las graves preocupaciones, en otros, y también el miedo ambiental reinante en Europa están dando alas al populismo, un fenómeno que habita también en otras latitudes, como Hugo Chávez o Sarah Palin se encargan de demostrar. Lo acabamos de vivir en Grecia, país que ha visto desplomarse a sus dos grandes partidos, se ha convertido en ingobernable y se asoma al precipicio.
Información publicada en la página 19 de la sección de Política de la edición impresa del día 10 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Han ganado terreno en Grecia desde los admiradores de Hitler de Aurora Dorada hasta la izquierda radical, todos ellos unidos por el denominador común del rechazo a la democracia representativa y al proyecto europeo. Algo parecido sucedió en Francia en la primera vuelta de las presidenciales cuando Marine Le Pen y la izquierda radical de Mélenchon cosecharon un notable éxito. En Italia le ríen las charlotadas a Beppe Grillo.
En el norte de Europa ha florecido un puñado de partidos políticos de extrema derecha. Pronto hará un año que en la civilizada Noruega Anders Behring Breivik asesinó, en la isla de Utoya, a casi 70 jóvenes socialdemócratas por considerarlos cómplices de la presunta islamización de Europa. Breivik declaró que había actuado «en defensa propia».
La demagogia populista de extrema derecha y de extrema izquierda -que por supuesto siempre funciona mejor con el líder adecuado al frente- suele descalificar a los políticos convencionales, a los que se presenta como responsables de la crisis y moralmente contaminados, para a continuación apelar al pueblo, sacralizado como un ente puro e infalible. El populismo en su versión más cruda incluye excitar la indignación y el miedo para a continuación suministrar recetas milagrosas, pero en realidad irrealizables o disparatadas. El pueblo, proclaman los demagogos, debe tomar el poder y dar respuesta a los peligros de los que una élite inútil y corrupta no le ha sabido proteger. Un discurso que llevado al límite evoca al Mussolini de la marcha sobre Roma o a las soflamas estalinistas contra los enemigos del pueblo.
El populismo, mucho más dañino en situaciones delicadas como la actual, consiste en decirle a la gente lo que su corazón y sus intestinos desean oír, al tiempo que se silencia todo aquello que la razón debe saber. Los tiempos que corren, tan difíciles, tan complejos, son ideales para el populismo, con cuyos ropajes se visten a menudo los viejos enemigos de la democracia y la libertad.
Justo ayer, mientras pensaba en este artículo, me tope con un curioso adhesivo que no por anecdótico -y hasta cierto punto divertido- me dejó menos perplejo. Lo firmaba un sindicato de estudiantes y decía: «Davant els atacs al transport públic: cola't. Prou retallades! els estudiants defensem els serveis públics!». Caramba, pensé.