Ya hay rumores sobre el Gobierno. Unos dicen que se impondrá, lo mas tarde en septiembre, el nombramiento de un vicepresidente económico que acabe con la cacofonía. Quemado Guindos (por Bankia), suena otra vez el nombre de un exministro catalán que sería compatible con el mantenimiento de Montoro, hombre del partido, en Hacienda.
Información publicada en la página 19 de la sección de Política de la edición impresa del día 04 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Dicen que el titular de Agricultura, Miguel Arias Cañete, quiere ser comisario europeo y que solo así se entiende el party contra Almunia, el único español con cargo relevante que queda en la UE. España ha perdido el de González Páramo en el BCE porque se empeñó en nombrar a Sainz de Vicuña, un jurista sin el nivel económico pertinente pero que les filtró la carta de Trichet a Zapatero de agosto del 2011. Almunia seguirá y un luxemburgués ocupará la silla, hasta ahora española, del BCE.
Y hay que ver lo que pasa tras el adiós de Javier Arenas al PP andaluz. No logró en marzo la mayoría absoluta pero se comió al eterno partido andalucista unificando todo el voto de la derecha. Y es uno de los máximos dirigentes del PP desde Aznar. Tras la renuncia del dirigente andaluz, Rajoy dijo en Bilbao, el 6 de junio, dos cosas: que el informe del FMI, en el que se reclamaba la subida del IVA, era «uno más, como otros muchos», y que Arenas tendrá un papel político relevante. Solo la segunda afirmación puede ser verdad.
La relación entre Rajoy y Arenas no es mala. Les une un pragmatismo desacomplejado. Si conviene al guion, pueden defender hoy algo diferente a lo de ayer y contrario a lo de mañana. Rajoy, a la gallega, y Arenas, que viene de la raquítica democracia cristiana andaluza, con más desparpajo y cintura. Durante la primera legislatura de Aznar, me llamó un día José María Álvarez (UGT) para cenar con Cándido Méndez, que había aterrizado en la secretaría general del sindicato. En un momento dado, ni recuerdo cómo, hice una crítica irrelevante de Arenas. Fui corregido por Méndez: «Javier es clave en el diálogo social». Saqué dos conclusiones: que Arenas se curraba su Ministerio de Trabajo y que Aznar no quería, en la legislatura de «la amarga victoria», líos con los sindicatos.
Me acordé de aquella cena cuando un político muy veterano me dijo hace poco que todo presidente debe tener a alguien dedicado a enredar y tender puentes. Suárez cayó cuando prescindió de Abril Martorell, el hombre de los contactos y los pactos. Alfonso Guerra jugó un papel similar pese a las tres mayorías absolutas del PSOE. Y en 1996, Cascos confraternizó con el PNV y CiU mientras Arenas lo hacía con los obreros.
Ahora -continuó mi interlocutor- Rajoy no tiene a nadie para marear a la oposición. Cospedal une la presidencia de Castilla-La Mancha a la secretaría del partido del Gobierno. ¡Vaya papeleta! Y encima actúa como si todavía fuera oposición al PSOE. Soraya hace de bombero de un Gobierno novato. Le queda poco tiempo para pastelear y sólo tiene ojos para Duran Lleida. El portavoz parlamentario, Álvaro Alonso, todavía está en FP. Rajoy no tiene a nadie dedicado a auscultar, tender lazos y pactar acuerdos…, o desacuerdos. Así no se puede gobernar.
Y Javier Arenas puede ser el hombre. Cuándo y cómo quiera Rajoy. Pero la vuelta a Madrid del campeón -en el Gobierno o en la sede de Génova- traerá cola.