El martes, Mariano Rajoy habló de la famosa entrevista con Artur Mas del 20 de septiembre en la Moncloa: «Me dijo que tenía que aceptar un concierto económico para Catalunya. Yo le contesté: 'Hay que hablar'. Y él me respondió: 'No, acepta esto y si no, traerá consecuencias'». Artur Mas desmintió ayer las formas, pero vino a admitir el fondo: «No te extrañe que luego la sociedad catalana, de una manera transversal, gente que habla en castellano y en catalán, vaya evolucionando hacia aquello que os da tanto miedo; eso no os ha de extrañar».
Información publicada en la página 18 de la sección de Política de la edición impresa del día 26 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El uno exagera y sugiere que hubo «chantaje» y el otro endulza y se pone la piel de cordero. Ambos manipulan. Mas iba a que Rajoy le dijera que no para poder anticipar las elecciones (nada menos que dos años) y ganarlas contra el expolio fiscal. Y Rajoy, con mayoría absoluta, no solo no quería negociar el pacto fiscal a la vasca -algo muy difícil porque el concierto de las diputaciones forales (no de Euskadi) se aceptó en la Constitución (votada por CiU) y había sido respetado incluso por Franco para Álava y Navarra-, sino que tampoco quería agilizar la mejora del sistema de financiación.
La financiación de Catalunya
-descolgada del concierto vasco- es la gran asignatura pendiente. Mas está traumatizado porque la mayoría absoluta del PP hace que CiU no corte el bacalao en Madrid y porque recuerda la pesadilla del pacto con Aznar en la segunda legislatura de este. Y Rajoy no desea reconocer que sin resolver la asignatura catalana (la financiación y la operación contra el Estatut), la democracia española puede naufragar. Ya dijo Adolfo Suárez que las leyes no pueden dar la espalda a lo que la gente considera normal.
Mas ha sacado dividendos. En verano estaba inquieto. Debía presentar unos presupuestos muy duros que solo podían ser aprobados por el PP. Y la estimación de voto de CiU bajaba (un 33,9% en mayo, según la encuesta de EL PERIÓDICO, frente a un 38,2% en las últimas elecciones). No podía seguir siendo el presidente de las retallades; debía enarbolar la bandera del pacto fiscal. Y se encaramó a la ola de independentismo generada por la crisis y por la insensibilidad de Madrid. Ahora, tras la gran manifestación del Onze de Setembre y el rechazo de Rajoy, la estimación de voto ha subido al 41% (septiembre) y 39,1% (octubre). Y su nota ha pasado del 5,1 de mayo al 5,5. Un agudo alcalde socialista sintetiza la situación: Mas tenía 200 manifestantes contrarios en cada acto público al que iba y ahora tiene a otros 200 que le aplauden.
Capitaliza un sentimiento de indignación y hartazgo que Montilla denunció ya en la fase de la desafección. Y Madrid ayuda. No es de recibo que Mas explique que Rajoy le ha dicho (educadamente) que nada de nada, y que el presidente calle y le conteste Alicia Sánchez-Camacho, que no representa al Gobierno, en clave de partido. ¿Por qué no dijo entonces que quería dialogar con fair-play? ¿Falta de oficio? ¿O es que ante la campaña gallega ya le iba bien la polémica patrioterista en España (liderada por Wert) con la que los diarios hablaban menos de recortes y pensiones? Es curioso que solo insista en dialogar a las pocas horas de su victoria gallega.
Estamos ante dos políticos inteligentes, tan respetables como temerarios, que están tensando en exceso los sentimientos nacionalistas y olvidan los costes económicos y políticos del conflicto.