Dimensión desconocida. El abrumador éxito de la manifestación independentista de la Diada ha situado a Artur Mas en la encrucijada antes de lo que el propio president esperaba. La advertencia que él mismo deslizó en el Parlament meses atrás sobre el incierto futuro que le aguardaría a la relación entre Catalunya y España si esta última daba la espalda al pacto fiscal ha dado un repentino giro hasta dejar al Govern entre la espada y la pared. La pared de la legalidad constitucional y la espada de Damocles de la multitud que el martes le reclamó que salte ese muro. Prueba del tamaño del desafío es que Mas respondiese ayer al clamor secesionista con el solemne compromiso de conducir al país hacia donde le pidió la marea humana, pero sin tener listas las cartas de navegación. De hecho, el presidente de la Generalitat reconoció que no tiene respuestas sobre qué hará tras negociar el pacto fiscal con Mariano Rajoy y, muy probablemente, convocar elecciones. A partir de ese instante, dijo, «nada será fácil, pero todo es posible».
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Con esta frase, Mas dejaba abierto el futuro para tomar cualquier decisión, sin descartar ninguna, pero sin atarse a la vía rápida que le reclamaron los organizadores de la manifestación, la Assemblea Nacional Catalana (ANC), con quienes se reunirá mañana. De hecho, el president apostó por un proceso pausado y gradual frente a quienes le exigen con impaciencia que inicie ya las maniobras de ruptura, entre ellos algunos sectores de su propio partido. Críptico como siempre en la cuestión soberanista, el jefe del Govern ni siquiera citó la palabra independencia. Su objetivo formal es construir «estructuras de Estado» para Catalunya.
NEBLINA EN EL HORIZONTE / La expresión no es nueva. Mas la patentó en marzo, en el congreso de Convergència que asumió el independentismo como horizonte político. Pero ayer reconoció que, de momento, en la travesía solo se otea neblina, por lo que superarla requerirá de «voluntad, grandes mayorías y capacidad de resistencia». Mas quiso detenerse en la segunda condición para advertir de que, a pesar de la gran movilización del Onze de Setembre, la mayoría social a favor de la independencia aún no es del todo sólida y debe «ampliarse». Los sondeos reflejan que el sí podría ganar en un referendo, pero avisan también del importante número de indecisos y, por ende, del alto riesgo de fracturar el país.
Por eso, el Govern se resiste a precipitar los acontecimientos y prefiere que sea un nuevo portazo de Madrid el que le obligue a pisar el acelerador. Hay otra dificultad añadida que Mas quiso recordar: «No hay ni un solo precedente de una nación como la catalana que inicia un proceso de soberanía dentro de la Unión Europea». Prueba de ello es que, preguntada por la hipotética secesión de Catalunya, la Comisión Europea ha dado en 48 horas dos respuestas en sentidos opuestos. El portavoz de este organismo, Olivier Bailly, afirmó el martes que un Estado catalán tendría que abandonar la UE e iniciar un proceso de adhesión. El vicepresidente de la Comisión, Joaquín Almunia, precisó ayer que no se puede anticipar, por falta de precedentes, el impacto que tendría un Estado de nueva creación.
Tanta incertidumbre llevó al president a aconsejar tranquilidad y confianza en los «ritmos» y la «cadencia» de su famosa «transición nacional». También en el pacto fiscal como primera (pero no última) estación de esta aventura. Por primera vez en mucho tiempo, Mas evitó citar expresamente la expresión pacto fiscal hasta que los periodistas le preguntaron por él. Una muestra de que el que ha sido el mantra de cabecera de CiU y espoleta de su sucesión de victorias electorales quedó el martes superado por el mar de estelades.
PACTO ELEMENTAL / Mas admitió implícitamente que la reivindicación se ha quedado pequeña para satisfacer a los catalanes al dar por hecho que la soberanía fiscal es una «estructura de Estado elemental», el mínimo común denominador. Más allá de esta estación, el jefe del Govern se limitó a repetir que la «plenitud nacional», la «Ítaca» catalana, «no está muy lejos». No obstante, desafiando al propio currículo de CiU, Mas solemnizó un cambio total de paradigma: Catalunya se ha volcado durante 30 años «en ayudar a España a ser un buen país», pero el tiempo de la pedagogía ha acabado. Hoy, el president tendrá ocasión de repetirlo en una conferencia en Madrid.
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