Han tenido que esperar 75 años para poder relatar en el solemne salón de plenos del Tribunal Supremo la historia tantas veces narrada en la intimidad familiar. Ya no son los hijos de las víctimas, sino sus nietos, y lo hacen «con la misma dignidad, pero sin el mismo miedo» que sus mayores, porque ahora saben que tienen derecho a exigir justicia y reparación por la desaparición de sus familiares, para que sus madres o padres puedan «cerrar» sus heridas antes de morir.
Información publicada en la página 22 de la sección de Política de la edición impresa del día 03 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Las cuatro víctimas de la dictadura franquista que ya han declarado han exhibido la fuerza de los supervivientes de crímenes «terroríficos», como los definió el historiador Ángel Rodríguez. En la sesión de ayer, dos mujeres, nietas de desaparecidos, contaron su particular historia. Josefina Musalem busca desde hace 33 años a una tía cuyo rastro se perdió cuando sus abuelos fueron detenidos el 13 de agosto de 1936.
«Le reventaron la tripa»
«La abuela estaba embarazada, y cuando la subieron al camión comenzó con los dolores de parto. Cuando la familia preguntó por ella les dijeron que el tiro de gracia le había reventado la tripa». Años después, muerto el dictador, sus descendientes descubrieron que había alumbrado una niña sana. «Desde entonces no hay piedra que no hayamos levantado para encontrarla».
El abuelo de María Antonia Oliver fue detenido por ser de la CNT y en la primavera de 1937 le dijeron a la abuela que había sido puesto en libertad. La familia supo entonces que «había sido conducido directamente a la muerte». Sin embargo, los falangistas dieron otra versión. «Dijeron que los rojos son unos cobardes y que habría huido a Menorca o Barcelona o se habría ido con otra mujer». Una mentira que ha causado «un dolor y un sufrimiento permanente» a esta familia. Como a tantas víctimas.