«Va a resultar que de ser la tonta del PP, he pasado a ser la mala malísima que le mueve la silla a Rajoy». De las cientos de perlas con las que Esperanza Aguirre (Madrid, 1952) ha copado titulares en sus 30 años en política, quizá esta sea la que mejor defina su trayectoria. La lideresa no ha dejado indiferente a nadie. Ya sea tirando balones fuera, o metiendo goles en propia puerta, todo en función de su ambición política, la ya expresidenta de la Comunidad de Madrid ha sido capaz de levantar odio y admiración a partes iguales, tanto dentro como fuera de las filas en las que milita.
Información publicada en la página 15 de la sección de Política de la edición impresa del día 18 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Su carácter y trayectoria dan para escribir varios libros. Patriota, trabajadora, condesa -pese a que dice que «no llega a fin de mes»-, liberal sin tapujos y deslenguada, Aguirre comenzó su carrera en la política en los 80 como concejal en Madrid. Después, de la mano de su admirado José María Aznar, llegó al Ministerio de Cultura, donde varios tropezones -como cuando dijo: «Santiago Segura, no sé quien es»- la encasillaron como la tonta del Gabinete. Sin embargo, durante sus años como presidenta del Senado supo dar la batalla, tanto mediática como en el partido, hasta dejar sepultada esa imagen de bobalicona y demostrar un potencial que algunos definen como de «animal político».
Para ello no dudó en pisar a su máximo rival, Alberto Ruiz-Gallardón -al que se refirió como «el hijoputa» ante un micrófono que creía apagado-, con tal de alzarse con el liderazgo del PP en Madrid, desde donde pretendía saltar a la política nacional. No ganó el pulso, sin embargo, a Mariano Rajoy en el congreso del 2008, donde al final ni siquiera presentó su candidatura.
Eso sí, durante sus casi nueve años como dirigente regional, en los que ha demostrado una maestría sin parangón del pelotazo mediático, ha marcado su impronta en la política nacional. Ya sea con tacones y calcetines tras sobrevivir a un atentado en la India, vestida de chulapa o con la bandera madrileña, Aguirre no se ha mordido la lengua casi nunca. Los últimos rifirrafes con Rajoy han sido a cuenta de la excarcelación del etarra Iosu Uribetxeberria o de su reclamación de que el Estado asuma competencias autonómicas. Aunque en el recuerdo deja miles de campañas más: contra la ley del tabaco, los liberados sindicales o los indignados, a los que llamó «camorristas».