Aunque el golpe de timón fue en el 2010, tras las elecciones del 2008 ya se vio que el discurso optimista que unía crecimiento-empleo con la socialdemocracia redistributiva se estrellaba contra la realidad. Y para compensar a parte de sus votantes, el PSOE radicalizó otros asuntos. El aborto no se tocaba desde la prudente ley de Felipe González de 1985, y poco se podía objetar a una norma de plazos. Pero un sector socialista quiso sacar pecho y abogó por las menores pudieran abortar sin permiso paterno, algo que erizó a muchos de sus propios votantes. Y al caer en el exceso, el PSOE propinó una sonora bofetada a su centralidad. Aquello se conoció como el leirismo (de Leire Pajín), entonces secretaria de organización, abanderada del feminismo y luego ministra de Sanidad.
Información publicada en la página 23 de la sección de Política de la edición impresa del día 03 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Ahora, tras las propuestas del ministro de Justicia sobre el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), que refuerza a los jueces conservadores, la cadena perpetua revisable y el retroceso a una ley del aborto más estricta que la del 85, parece como si Gallardón -bestia negra de la derecha del PP- quisiera ser la Leire Pajín de Rajoy. Sabe que liderar el PP (un día) implica mimar algo a la derecha-derecha del partido y que Esperanza Aguirre se lo pone crudo. Y puede creer que le convienen mensajes de la derecha tradicional (Aguirre es más de la derecha económica pura).
Y el PP necesita cierto leirismo. El Gobierno no es aznarista (no están ni Mayor, ni Astarloa, ni Trillo, ni Acebes, ni Zaplana). Hay que hacer algún gesto a la derecha extrema. Es su ventaja (más votos) y su cruz (más cerrazón doctrinal) respecto al PSOE: no tiene la competencia de una Derecha Unida, similar a IU.
Además, en economía, el PP (contra lo prometido en la oposición) no puede cambiar las cosas. A corto plazo, sigue la política de reducción del déficit de Salgado (lo que obliga a subir impuestos), y pide permiso para todo a Bruselas y Berlín. En lo sustancial, Montoro es, mal que le pese, continuista. Y acabamos de oír que a Rajoy, como a Zapatero, también le preocupa la reacción sindical a la reforma laboral.
Si el PIB va a caer un 1,5% y el paro sigue subiendo, al PP le interesa visualizar cambios en otros frentes, aunque -como diría Rajoy- no sean «las cosas que preocupan a la gente». Por eso la contrarreforma de Gallardón: rebobinar el aborto mas allá de la ley del 1985, algo que no se atrevió a hacer ni Aznar. Al igual que con el CGPJ. El peligro es caer en un leirismo a la inversa. Al sacar pecho derechista se puede enervar a los moderados que votan al PP. Muchos electores verían bien retocar las estridencias de la ley del 2010, pero no quieren ni grandes polémicas ni cambios bruscos. Al buscar el aplauso de los más polarizados, el ministro de Justicia se arriesga incomodar a las clases medias urbanas.
Habrá que ver el final. El exilio de Trillo a Nueva York (similar al de Fraga en Londres) confirma que Rajoy retribuye poco a la derecha-derecha. Y la comparecencia de Fernández Díaz en el Congreso indica que -con prudencia- se asume que el fin de la violencia de ETA obligará a mover cosas en Euskadi. Rajoy es un conservador biológico, pero también un elefante que sobrevive. Confiesa que vive «en el lío» y sabe que el reino de los profetas no es de este mundo.