El recuerdo de los litigios de bienes agravados por las divisiones entre autonomías se difumina a medida que pasan las horas y los kilómetros y desaparece del todo ante la impresionante visión del pueblo de Valderrobres o Vall-de-roures o Balderrobres -no vayamos a escandalizarnos por la toponimia, que el castellano, el catalán y el aragonés son los tres patrimonio de esta tierra-. Bienvenidos al corazón del Matarranya, uno de los ejemplos de renacimiento cultural más espectaculares que se han producido en España desde la recuperación de la democracia.
Información publicada en la página 22 de la sección de Política de la edición impresa del día 31 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El Matarranya es la comarca aragonesa que limita con Catalunya y Valencia. «Frontera / fulla d'afaitar pel mig d'un petó», escribe Josep Grifoll en el libro Poesia a la frontera, una antología de poetas en las tres lenguas locales. Sirva esta metafórica definición para informar al lector de que, entre hablar de la frontera-hoja de afeitar (la línea que enfrenta, rompe y separa) y hablar del beso (el gesto que une a las personas), este texto habla de esto último. Así que, si alguien esperaba maraña, ya lo puede dejar aquí.
Si hay una persona que puede traducir en palabras la belleza y la dureza de esta tierra aislada y seca que huele a olivo, a vid y a romero esta es Juli Micolau, el pastor-poeta nacido en la La Freixneda. Juli pasó 20 años traginando ovejas y se puso a escribir, dice, «de una manera ingenua». «En el año 84 estaba estudiando y vino a la escuela el primer presidente del Gobierno de Aragón, Santiago Marraco -recuerda-. Fue él quien me dio mi primer libro en catalán, Converses sobre coses pasades i presents de la vila de Calaceit. Aquel libro me despertó literariamente».
Micolau ha publicado tres libros de poesía y ha recibido en dos ocasiones el premio Guillem Nicolau, que el Gobierno aragonés otorga a la mejor obra en catalán. «Esto de las fronteras a veces resulta estrambótico
-comenta el poeta-. Para mí esta es una tierra gemela de la Terra Alta, son miméticas: paisajística y económicamente son iguales y comparten la misma variante del catalán».
Uno de los centros del renacimiento cultural que está viviendo el Matarranya es la librería que Octavi Serret abrió a los 17 años en Vall-de-roures. Le llaman Octavi L'intrèpid por atreverse a editar títulos de autores de esta comarca mutilada culturalmente por el franquismo, por hacerlo en tres lenguas (especialmente en catalán, gesta que se le ha reconocido con un Premi Nacional de Cultura de la Generalitat) y por creer férreamente que el antídoto contra el enfrentamiento es la literatura. El debate sobre la independencia tensa las relaciones y obliga a medir las palabras para no ofender a los que desde aquí miran a Catalunya con desconfianza, pero el editor defiende que «en la librería caben todos».
De los abarrotados estantes Serret extrae un título: Tren de Val de Zafán, una antología de relatos en las tres lenguas patrimoniales de la comarca sobre la línea férrea que, cruzando el Matarranya, tenía que unir el Aragón profundo con el mar, pero que solo llegó a funcionar desde la Puebla de Híjar (Teruel) hasta Tortosa (Tarragona). «El libro partió de la idea de que el tren no entiende de fronteras, las revienta, y en su recorrido relaciona territorios y personas de lenguas diversas, hermanándolos», explica Serret.
Los aragoneses nunca llegaron al mar, al menos en este ferrocarril. El Sarmentero, que así se conocía popularmente el tren porque atravesaba un paisaje de vides (el sarmiento es el vástago de la vid), dejó de traquetear en 1973.
El proyecto era inviable económicamente y nadie lo reclamó por su valor de enlace cultural. «Ni els freturosos esdeveniments històrics que oposaren les convivències de reis i nobles antics, ni els afanys empesos per la política del poder més moderns han pogut esvair l'ambigüitat de les fronteres ni la consciència de comunitat que els pobladors que circundem la Val de Zafán compartim» (Cinta Mulet en Tren de Val de Zafán).
En el mundo de la cultura, el catalán y el castellano van de la mano. Escribe Marta Navarro, de Zaragoza, en Poesia a la frontera: «(...) En horas de incienso apátrida / deshago tormentas y pactos / borro fronteras / uniendo territorios de geografía cómplice. / Sus gentes diversas, el aroma crudo y fértil de las palabras / de les paraules / d'as parolas, / de las lenguas que las habitan (...)».
«Nosotros no vemos la frontera -asegura Octavi Serret-. Yo, es que ni la noto».
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