Manuel Milián Mestre
Exdiputado del PP
La noche del 9 de Enero de 1970, en un reservado del restaurante Jockey de Madrid se reunían a cenar por primera vez Manuel Fraga, ya exministro sacrificado por Franco por el caso MATESA, el notario Ballarín Marcial, el banquero en aquel entonces José Maria Santacreu y el que suscribe, periodista en su etapa inicial demasiado joven todavía. Hubo un clima de profundo encantamiento. Cuatro personas muy distintas en pos de un indefinido proyecto. Una cena memorable: Santacreu atizó duramente a la corrupción urbanística de la Barcelona del alcalde Porcioles; Ballarín fue el muñidor de futuros encuentros para forjar un proyecto político --todavía sin conciencia clara de partido-- y este servidor argumentaría sobre la necesidad de definirse en los extramuros del franquismo, para el que en amplios sectores de la población no había futuro. Ya habían surgido las iniciales tendencias clandestinas hacia las denominadas "terceras vías" y una Asamblea de Catalunya en el horizonte no lejano con el PSUC y Jordi Pujol en la sala de máquinas.
Desde 1970 a 1973 fuimos elaborando informes y análisis sobre la situación real de la sociedad catalana. Empezaron los contactos con empresarios y profesionales catalanes a la busqueda de una cristalización de ideas convergentes que pudieran perfilar una definitiva propuesta: Jordi Pujol, Carlos Ferrer Salat, Pedro Duran Farell, Fabian Estapé, los catedráticos Fernández de Villavicencio, Ángel Latorre y Manuel Jiménez de Parga --con el que había tenido algunos encontronazos--, Carlos Sentís, Dieter Staib, Juan Grijalbo, Francisco Rubiralta, Antonio Renom, Pere Sabater etc... Santacreu aportaba su dinero, su casa, sus fincas --definitiva reunión del Puig Rafegut en el Lluçanès con toda la oposición catalana--, su barco en navegaciones muy políticas por la Costa Brava. Fue sin duda el más generoso de los anfitriones posibles que prodigó su financiación no solo para mi trabajo sino también en la fundación del Club Ágora (1974-1975), en la adquisición del 30% de Gráficas Espejo SA de Madrid (El Europeo, Diez Minutos etc...), el paquete inicial del 10% de El País --acciones a mi nombre o de otras personas que encubrían su identidad--- la adquisición con Jordi Pujol de El Correo Catalán, o la compra del 100% de El Diario de Barcelona, etc... Nunca antes un empresario catalán había apostado tan firmemente por la causa del posfranquismo, excepción hecha en Banca Catalana y Jordi Pujol; lo que le costaba no pocos riesgos personales y cuantiosas mermas a su fortuna. Otro tanto cabía decir de los esfuerzos económicos en pro del regreso de Josep Tarradellas, en el que asumimos una labor determinante con la máxima discreción y secretismo.
Cuando en 1973 Fraga, en contra de nuestra opinión, aceptó la embajada de Londres, el grupo catalán abordó la estratégia de otorgarle cobertura promocional en España mediante la fundación de los Premios de Periodismo M. Fraga Iribarne que anualmente se convocarían desde 1974 a 1976 con dotaciones financieras de J.M. Santacreu y el editor Juan Grijalbo a través de su yerno José María Vives. Aquellas campañas en España se complementarían con continuas visitas a Londres, con reuniones a veces inverosímiles en la propia embajada, con acompañamiento de tantísimos catalanes (Samaranch, Jordi Pujol, el Conde de Godó) que fueron forjando una clara tendencia hacia las convergencias desde distintas procedencias políticas. El núcleo de trabajo --ya en la sede de la calle Villarroel-- lo componíamos Alejandro Pedrós, Juan Echevarría, Pedro Olabarría, Luis Cosculluela, Pedro Penalva, Juan José Folchi Bonafonte, Jaime Torres Hostench, Eduardo Moreno, Luís Cierco, el abogado García Sánchez, José Ramón Salvadó, el economista Ángel Ortí, Francesc Martí Jusmet etc... Este equipo conectaría después con la naciente sociedad de estudios GODSA en Madrid con Antonio Cortina, Carlos Argos, Félix Pastor Ridruejo, Rafael Pérez Escolar, y un nutrido elenco de militares de la corriente de Carlos Pinilla, que confluirían, más tarde, con la Unión Militar Democrática. En la sede del Club Ágora y en mi propio domicilio tuvieron lugar encuentros discretos y fructíferos con miembros de la UMD con la explícita autorización del comprometido embajador Fraga. Fueron años apasionantes para mí, aún no conocidos y que obtuvieron resultados elocuentes en 1975 y 1976 hasta el cese, ya después de Franco, del Gobierno de Arias Navarro.
Sin la aportación catalana, la transición no hubiera sido la misma. Los enlaces y las ideas funcionaron a espaldas del conocimiento general. Las visitas a Barcelona del embajador Fraga consolidarían este trabajo, dando luz el 14 de julio de 1975 a un documento de notable trascendencia, Los 100 primeros días de Gobierno, que se remataría en la Embajada de Londres en sesiones en las que participamos una docena de personas de los equipos de Barcelona y Madrid. Este documento le sería entregado al príncipe de Asturias por el propio Fraga en el verano de 1975, verano postrero de Franco en su Pazo de Meirás en la ribera de enfrente del chalet del embajador, que en vano había intentado persuadir al jefe del Estado, en una audiencia a primera hora de la tarde, de que España necesitaba reformas profundas en su sistema político para evitar tensiones no fáciles de controlar. Obviamente no atendió sus propuestas. Seguía en el "atado y bien atado", que no era la opinión del príncipe Juan Carlos ni de sus consejeros. Cuando ya era todo inevitable, tras la muerte del dictador, con motivo de los graves acontecimientos de Vitoria, Fraga declararía que "orden, paz y justicia es lo que tenemos que conseguir entre todos".
Ya ministro de la Gobernación y Vicepresidente del Gobierno de Arias, tuvo que asumir el más arduo papel del Gabinete: Por una parte, se quemaría en su intento de preservar el orden público ( "ya sé que asumo un riesgo excesivo, pero los hombres son para las ocasiones, y mi patriotismo me exige este sacrificio", contestó al coronel Javier Calderón y a mí que le presionábamos para que no aceptare esa cartera en una reunión en GODSA), y por la otra, inmolaría sus ambiciones políticas sobre la presidencia del Gobierno en un momento clave, que la mayoría de los españoles le reservaban en las encuestas de opinión pública. Alguien del entorno de Franco intoxicaría al Príncipe acerca de un cierto republicanismo de Fraga a partir de un tratado sobre la República que él había publicado. Un semanario político-humorístico de izquierdas titulaba su portada Fragamanlis, en paralelismo con el gobernante griego que había exiliado al Rey.
Los catalanes que trabajabamos con él por el reformismo tratamos de que asumiera determinados compromisos. En la finca del banquero Santacreu en el Lluçanès, se celebraría una reunión con representantes de toda la oposición catalana, salvo el PSUC, bajo la vigilancia camuflada de la Guardia Civil oculta en los márgenes de la carretera y anotando las matrículas de los coches. El debate fue intensísimo, a ratos duro con intervenciones de Jordi Pujol, Valls Taverner, Eduardo Moreno etc... que una tormenta violenta de rayos y truenos interrumpió. Todos en aquel momento nos movíamos a medias en la legalidad o ilegalidad, a pesar del embajador Fraga, cuyos atrevimientos excedían con mucho su responsabilidades diplomáticas. Sin embargo desde Catalunya se le hizo comprender que el problema de España no era escuetamente el regionalismo, que se pretendía mucho más. De ello empezó a ser consciente en 1974 cuando me autorizó en Londres a proseguir mis contactos discretos con el Tarradellas del exilio, porque, según me confesó, "este hombre parece tener mucho sentido en todo lo que me cuentas". Cuando Tarradellas visitó Madrid por vez primera, antes de su retorno tiunfal a Catalunya, me pidió que le agenciase un encuentro con Fraga Iribarne: quería agradecerle personalmente lo que por él habíamos hecho sus amigos catalanes. Pero esta historia es para un libro.
Sé lo mucho que evolucionó su pensamiento respecto a las autonomías gracias a las influencias catalanas. Él lo reconoce en el prologo de su libro Sociedad, región, Europa (páginas 10 y 11): "Esta segunda reunión en una casa pairal, en uno de los valles que dieron cuna a Catalunya, sería siempre para mí una de las mayores experiéncias vitales. Los muchos e importantes amigos que allí se reunieron, como el día anterior otros en Barcelona, y al siguiente otros más en Manresa, me dan la esperanza de que quien pueda, abra un verdadero diálogo sobre la trascendental cuestión". Todo un reconocimiento de quien ha dejado escrito en un reciente prólogo: "Me felicito por haber tenido mi papel en la renovación de muchas partes del sistema político español, poniéndolo en buenas manos" (Memoria de cuatro Españas, C. Robles Piquer). En verdad Manuel Fraga puede irse al más allá plenamente satisfecho.