La libertad de expresión y el derecho a discrepar nunca han encajado con el funcionamiento estamentario de las cúpulas de los partidos, reticentes demasiadas veces a escuchar el clamor de la indignación social que, entre otras reivindicaciones, exige a sus representantes que antepongan los principios y la conciencia a los intereses de partido.
El 'exconseller' Ernest Maragall, en uno de los sofás de los pasillos del Parlament de Catalunya. ALBERT BERTRAN
El último ejercicio de rebeldía política realizado por el veterano diputado del PSC Ernest Maragall, que se negó a someterse a la disciplina de voto y apoyó por su cuenta y riesgo el pacto fiscal del Govern, ha vuelto a poner de manifiesto los sarpullidos que afloran cuando un dirigente se atreve a cuestionar la línea oficial en una fuerza política. El episodio ha desembocado en una suerte de duelo por vía epistolar en el que la dirección socialista y el díscolo 'exconseller' están dispuestos a permanecer en su trinchera hasta que la otra parte enseñe la bandera blanca. Disciplina de voto contra libertad de actuación.
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