Manifestación contra la reforma laboral en 50 ciudades y brutalidad policial con los estudiantes en Valencia. Dos imágenes del malestar y la dureza de los tiempos que nos ha tocado vivir. El Partido Popular especula con un chasco de huelga general en caso de que los sindicatos se sintieran fuertes para convocarla. Hay miedo, y ya se sabe que el miedo es capaz de paralizar a cualquiera. Mariano Rajoy y la patronal prefieren ver confianza allí donde otros detectan miedo y resignación. Los gobiernos conservadores de Madrid y Barcelona se ven legitimados para usar las mismas tijeras de los recortes para reducir derechos y prestaciones. Unos con más complejos y otros a la brava, pero las tijeras no paran.
Información publicada en la página 18 de la sección de Política de la edición impresa del día 21 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Vuelve la calle en blanco y negro de la pancarta y los porrazos mientras en Sevilla el PP reemplaza al PSOE con un congreso muy distinto al de la pugna entre Rubalcaba y Chacón. Para el PP, la capital de Bulgaria es Sevilla, que tiene un color y un significado aún más especial en caso de vuelco histórico en las elecciones andaluzas. Cuando a la derecha las cosas le van bien, los congresos son votaciones búlgaras y metafóricos paseos militares, como los que recordaba Arias Cañete, el mismo ministro que revive la inquietud del Govern por sustituir el trasvase del Ebro por el del Ródano, una obsesión muy de CiU. Todo vuelve.
Los socialistas catalanes acaban de suspender relaciones con el Govern de Artur Mas, después de deshojar la margarita del pacto sí-pacto no. Gana la tesis de romper temporalmente, todo lo opuesto a lo defendido hasta la fecha por Antonio Balmón. La centralidad es monopolio de CiU y PP, pero existe otra centralidad cuando se está en la oposición y esta consiste en canalizar políticamente el cabreo social. Decían el domingo que las cosas han cambiado tanto que hasta los dirigentes socialistas participan en las marchas.
El PSC ha quedado fuera de juego en el Parlament. Tanto que podría quedarse sin silla en el nuevo órgano político de los medios de comunicación de la Generalitat. Opta por marcar distancias, borrar la foto del inicio de la legislatura de Joaquim Nadal con Mas y echarse a la calle a recuperar nervio. Las chaquetas de pana también vuelven, a falta de coche oficial. Lo único que no hay manera de superar es el incómodo discurso maragallista. Ayer, Ernest Maragall puso nuevamente el dedo en la llaga. Hay mucha gente que no se siente representada por el nuevo PSC, de la misma manera que los hay que no sintonizan con la nueva ERC o la ICV de siempre. El esquema partidista no funciona en las coordenadas que rigen la mala leche de la calle. Partidos de izquierda y sindicatos no se salvan de la quema.
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