Según el diccionario del Institut d'Estudis Catalans, el significado de la palabra catarsis es «purificación liberadora de las emociones primarias, como la culpa o el miedo, mediante la contemplación de una obra, de una tragedia». Pues bien, el expresident Jordi Pujol presentó ayer su último libro (El caminant davant del congost), editado por Proa, como el resultado de «una cierta catarsis».
Información publicada en la página 15 de la sección de Política de la edición impresa del día 20 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
En efecto, el volumen recoge textos de Pujol desde 1978, pero, sobre todo, es un ejercicio introspectivo en el que el extimonel convergente se interroga sobre algo que le inquieta profundamente: ¿valió la pena su objetivo de insertar Catalunya en una España plurinacional? En el prólogo, Pujol no responde del todo, pero reivindica su dilatada ejecutoria política: «Un recorrido tan largo podrá ser la historia o no de un éxito, pero, necesariamente, debe ser una historia auténtica».
Dos generaciones
La mejor manera de ceder el testigo del pujolismo al «derecho a decidir» de Mas fue reunir a sus dos protagonistas en el Ateneu Barcelonès. Pujolistas de toda la vida junto a la nueva casta de jóvenes capitanes del nuevo rumbo compartieron el patio de butacas. Y es que toda buena catarsis, toda carrera de relevos, necesita de su liturgia. Sus metáforas.
En esta ocasión, fueron metáforas bucólicas. Pujol habló del desfiladero en el que se halla Catalunya (léase reivindicación del Estado propio) y dijo que, como caminante que es, conoce los riesgos de este desfiladero (el frío, las riadas, la muerte, incluso), pero también que puede llevar a «la tierra fértil». «Es muy difícil, pero es posible», zanjó.
Mas tomó el testigo, sí, pero no desaprovechó la ocasión de soltar lastre. Repitió cinco, seis, siete veces, que el intento del pujolismo de cambiar España no ha fructificado. Es cierto que el president cargó las culpas a España, pero dio por cerrada la puerta que Pujol intentó abrir durante 30 años. Y a partir de aquí, marcó las pautas, basadas en su proverbial «ilusión» y «pulcritud democrática». Dicho lo cual, alertó contra quien tenga dudas sobre el camino: «Es mejor tener dudas que quedarse quieto y provocar el de-sencanto». Al concluir Mas su discurso, Pujol se le acercó y le dijo, en voz baja: «Muy bien». La catarsis se había consumado. O, al menos, ha quedado escenificada.