El dictador había muerto en noviembre de 1975 y el régimen se hundía como un castillo de naipes. En Arbeca, mi pueblo, en las tierras de Lleida y en el conjunto de Catalunya todos aquellos que luchaban por la recuperación democrática y nacional de nuestro país vivíamos, frenética y aceleradamente, unos meses de intensa actividad política y social.
Aplausos en el hemiciclo del Congreso, en octubre de 1977. A la izquierda, Josep Pau, aquel mismo año. EFE
Aplausos en el hemiciclo del Congreso, en octubre de 1977. A la izquierda, Josep Pau, aquel mismo año. EFE
Información publicada en la página 10 de la sección de (vacia) de la edición impresa del día 10 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Todo era nuevo y viejo al mismo tiempo. Y yo lo vivía en primera persona, en directo, como un protagonista más entre miles de personas comprometidas con la misma causa de la libertad y de la democracia. Había empezado muy joven. A los 17 años ya había sido sancionado por redactar y repartir propaganda subversiva. A los 18 me habían denegado el certificado de buena conducta que necesitaba para sacarme el permiso de conducir. Y durante el servicio militar me habían recordado mi ficha de «rojo y separatista», con lo que eso llevaba aparejado en aquel tiempo.
Pero yo era así. Joven, con ganas de cambiar el mundo y de luchar por el sector agrario, que era el mío, y que atravesaba una profunda crisis y provocaba la emigración hacia la ciudad de miles de payeses, sobre todo jóvenes, en busca de una vida mejor. Por eso era un miembro activo de las Joventuts Agraries i Rurals Catòliques, de los comités de payeses de Lleida y de los grupos que confluyeron en la fundación, en 1974, de la Unió de Pagesos (UP), organización agraria de la que era miembro del secretariado nacional.
En mayo de 1976 me detuvieron, junto con otros tres compañeros de la Unió de Pagesos, por colocar una pancarta reivindicativa durante la Fira de Les Borges Blanques, y pedir mejores precios para el sector del aceite. Fuimos de los primeros detenidos y sancionados de la Unió de Pagesos. Días más tarde, sin embargo, ya nos manifestamos en Lledia de manera tolerada y en otoño participé activamente en el Primer Congreso de la UP, en L'Espluga de Francolí. Participé en la organización de los actos de la Marxa de la Llibertat por nuestras tierras, y a principios del 1977 tenía un protagonismo muy activo en la organización de la primera huelga general del sector agrario en Catalunya, la llamada Vaga dels Tractors, que movilizó a miles de tractores por las carreteras del país.
La efervescencia política era inmensa. La ley de reforma política impulsada por Adolfo Suárez y aprobada en referendo en diciembre de 1976, pese al rechazo de las fuerzas de la oposición, abrió la posibilidad de unas elecciones generales y estrenó el camino hacia la recuperación democrática. Todos los partidos se prepararon para los comicios.
el número dos. Yo en aquellos momentos estaba ocupado en mi oficio de payés y en las tareas de consolidación y extensión de la Unió de Pagesos. Hasta entonces había militado en el Front Nacional de Catalunya, que abandoné en 1976 junto a otros compañeros de las comarcas de Lleida. Algunos entraron en el PSAN y otros, como yo, en el PSC-R,
organización con la que mantenía una estrecha relación de amistad, especialmente con Joaquim Arana, con quien había colaborado en 1971 en una campaña electoral para procuradores en Cortes por el régimen familiar, en un intento de aprovechar una brecha seudodemocrática, cosa que no todos los de la oposición ni del régimen vieron bien.
Quizá por mi juventud y por la vinculación con el sector agrario, pocos días antes de cerrar las candidaturas para las elecciones generales convocadas para el 15 de junio de 1977, Joaquim Arana me propuso ir de segundo en la lista que él encabezaba, por Lleida, del Pacte Democràtic de Catalunya, una coalición entre CDC, PSC-R y EDC, en la que el Reagrupament participó finalmente tras un intenso debate interno, ya que la muerte de Josep Pallach, en enero, había dejado huérfana una organización que entonces mantenía importantes diferencias tácticas con el PSC-Congrès, y nacionales, con la Federació Catalana del PSOE, partidos que habían acordado ir juntos a las elecciones mediante el Pacte d'Abril.
El PSC-R, por su significativa implantación en Lleida y por el liderazgo de Joaquim Arana, logró los dos primeros puestos de la lista al Congreso y CDC, el liderazgo de la candidatura al Senado, que ocupó la conocida pedagoga Maria Rúbies, elegida senadora el 15 de junio.
La campaña electoral, que en aquellos tiempos duraba 21 días, se me hizo corta por su intensidad. En tres semanas participé en 70 actos. Visité todas las comarcas de Lleida. Casi 200 municipios.
Y llegó el 15 de junio. El recuento de votos fue agotador. Duró tres días y se examinaron uno a uno las papeletas impugnadas y todas las actas. Recuerdo el momento en que a la Junta electoral le faltaba el acta de Soleràs, un municipio en el que había ganado el PDC. Un compañero salió de la sala y fue a buscarla al pueblo, cogiéndola directamente del tablón de anuncios donde preceptivamente se debían colgar. Al final, en el escrutinio definitivo, el PDC logró dos diputados y yo era el segundo de aquella lista.
Para un chico de pueblo, un payés, que cumplió los 25 años en plena campaña electoral, la emoción era indescriptible. La responsabilidad, apabullante. No era consciente de lo que me esperaba. Pero ya sea por osadía o por inconsciencia, había perdido el miedo hacía tiempo. Tenía todo por delante. Me sentía parte de la historia y, al mismo tiempo, deseaba poder realizar los sueños acariciados en los muchos años de lucha en la clandestinidad. Se lo debía al país, a su gente, y en especial a los payeses y a los jóvenes. Quería retornar la alegría a la gente mayor que había pasado 40 años callando y aguantando. No los podía decepcionar. En una tertulia con viejos republicanos que se reunía en el bar Triunfo de Lleida, Antoni Arguès, que tenía una sastrería, había prometido que si salía elegido diputado me haría un traje para la toma de posesión.
Quedé sobrecogido a la entrada del hemiciclo del Congreso. Paseaba entre personalidades que admiraba y también que había denostado. Sentía una curiosidad inmensa. Fui miembro de la mesa de edad, como secretario, por ser uno de los dos diputados más jóvenes de todo el Estado. Me emocionó compartir aquella mesa con los dos mayores, Rafael Alberti y Doroles Ibárruri, Pasionaria. Incluso me atreví a pedir a Alberti que me dedicara una antología poética que compré a todo correr en una librería de la calle del Marqués de Cubas.
LA PRENSA DESTACÓ MI ACENTO catalán en la lectura de la lista de diputados, llamados a jurar el cargo, y en las diferentes votaciones para la elección de la mesa definitiva del Congreso. Y a partir de aquel momento vino la tarea parlamentaria, la política en el seno del partido. El retorno del President Tarradellas. Los trabajos constitucionales y la redacción del Estatut. Nunca unas elecciones fueron tan intensas, ilusionantes y legitimadoras de una democracia incipiente. Muchas veces he pensado si las esperanzas depositadas fueron cumplidas. Pero la transición no fue un fracaso.