José Luis Rodríguez Zapatero ha dado al fin el golpe de timón que se esperaba para remontar la caída en picado del Gobierno en los sondeos con la incorporación de pesos pesados de la política al frente del Ejecutivo. La profunda reforma anunciada hoy se la reclamaban desde hace meses los que han sido los dos principales inspiradores y ganadores de la crisis, Alfredo Pérez Rubalcaba y José Blanco. El primero pasa a convertirse en el hombre fuerte del Ejecutivo sustituyendo a la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, la principal sacrificada por el cambio y a quien se atribuye haber logrado frenarlo durante meses. Zapatero estaba satisfecho de la labor de coordinación del Gobierno llevada a cabo por su número dos, pero su papel cada vez más irrelevante como portavoz era criticado por casi todos los que tienen acceso directo al presidente. Esta será la principal tarea que deberá abordar Rubalcaba. Enderezar la maltrecha política de comunicación del Ejecutivo. Zapatero le ha impuesto, contra su voluntad, que siga al frente del Ministerio del Interior para culminar la liquidación de ETA que tan bien ha pilotado.
El ministro de Fomento, José Blanco ha conseguido desplazar del partido a Leire Pajín, con quien mantenía serias diferencias, pero su victoria no es tan neta. Pajín se hace cargo de un superministerio, que aúna el actual de Sanidad y Política Social y los restos de Igualdad. Su sustituto como secretario de organización del PSOE, el presidente de Aragón, Marcelino Iglesias, no era, además, el candidato apadrinado por Blanco y mantiene una excelentes relaciones con Pajín.
Rubalcaba tampoco ha asumido toda la herencia de De la Vega. Era imposible compatibilizar Interior y Presidencia. Este ministerio lleva a cabo la coordinación del Ejecutivo y de este con el grupo parlamentario y requiere mucha dedicación. Para este puesto, Zapatero ha repescado a Ramón Jaúregui, un histórico exiliado en el Parlamento Europeo que ya había actuado de número dos del Grupo Parlamentario Socialista en la pasada legislatura cuando este estaba encabezado por Rubalcaba.
La incorporación de Rosa Aguilar, procedente de Izquierda Unida, en Medio Ambiente, y de Valeriano Gómez (Trabajo), un exsecretario general de Empleo que participó en la manifestación sindical contra la reforma laboral, refuerza el perfil de izquierdas de un Gobierno que tras las medidas de ajuste y con la huelga general había sufrido una hemorragia de apoyos por ese flanco. A Gómez le tocará recomponer las maltrechas relaciones con Cándido Méndez e Ignacio Fernández Toxo.
El mensaje de austeridad llega por la vía de la supresión de los ministerios de Igualdad y Vivienda, reclamada por todos los grupos políticos en el Congreso a excepción del PSOE. Ni Bibiana Aído ni Beatriz Corredor habían logrado justificar la existencia de estos departamentos con su labor. Con el cambio de Trinidad Jiménez, además de relevar al ya cansado Miguel Ángel Moratinos, Zapatero envía otro mensaje a su partido: los que se opusieron a su candidatura para la Comunidad de Madrid no cuentan con su beneplácito. Los dos ministros que aconsejaron al presidente que pidiera a Tomás Gómez su retirada de las primarias socialistas en Madrid siguen estando detrás de sus decisiones más trascendentales.
Uno de los damnificados en esta crisis de gobierno es el PSC, que, con la marcha de Corbacho, ve reducido su peso en el Ejecutivo. Así, los socialistas catalanes solo cuentan en el Gobierno con Carme Chacón, titular de Defensa; una cartera que tiene escasa proyección política en Catalunya.