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Seis meses de CiU en la alcaldía

Xavier Trias frente al espejo

Tras tres sonoros fracasos, el alcalde debería decidir con quién y cómo quiere gobernar Barcelona

Sábado, 4 de febrero del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Joaquim Coll Historiador

Al anterior alcalde de Barcelona, Jordi Hereu, le colgaron el sambenito de débil porque no logró formar un gobierno que contase con la mayoría absoluta del consistorio. En realidad, el mayor problema es que, aunque el PSC había ganado las elecciones en el 2007, la alianza con ICV sumaba un concejal menos que la oposición de CiU y PP. Aun así, el bipartito de izquierdas pudo aprobar todos los presupuestos, negociándolos con ERC, anterior socio de gobierno. La mayoría de las resoluciones recibieron, como es habitual en política local, el apoyo de todos los grupos. Excepto en tres cuestiones donde Hereu fue derrotado. El asunto de la tala de árboles en el parque de atracciones del Tibidabo. La negativa a aceptar una ubicación concreta para la perrera municipal. Y, finalmente, la más sonada, aunque no dejaba de ser un hipócrita brindis al sol, la resolución que instaba al ayuntamiento a lograr la paralización de los trabajos del túnel del AVE hacia la Sagrera. La minoría política del bipartido fue bien aprovechada por las otras fuerzas en muchas ocasiones. El desastre en que acabó la famosa consulta sobre la reforma de la Diagonal se explica en ese contexto.

LEONARD BEARD

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Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 04 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Pues bien, el nuevo alcalde, que siempre había criticado la situación de debilidad de su antecesor, vive hoy una situación parecida. En seis meses ya ha recibido tres serios avisos de lo que puede ser un mandato lleno de tropiezos. Uno hace referencia a la política cultural y los otros son significativos desde un punto de vista urbanístico. El primer proyecto ha sido bastante criticado desde diversos ámbitos sociales, hasta el punto de que Trias se ha visto obligado a rectificar a medias. Se trata de la idea inicial de suprimir la gran rúa del carnaval a pocas semanas de su celebración y dejando a cientos de personas sin alternativa, sobre todo a las grandes comparsas de grupos latinos que tenían difícil encaje en las rúas de los barrios. En este caso, además, la contradicción política era flagrante porque, anteriormente, el pleno municipal había aprobado, por unanimidad, que la fiesta transcurriera por el Paral·lel. Miles de ciudadanos, pues, iban a quedarse sin poder desfilar y con un sentimiento de exclusión fruto de una decisión unilateral. El ayuntamiento propone ahora un regreso a la «auténtica tradición», el carnaval barcelonés de los siglos XVI y XVII, y por eso maltrata una rúa popular que se celebra desde hace casi tres décadas, atrae a miles de personas y tiene desde hace unos años un claro componente intercultural, lo que no es del agrado de los nacionalistas.

Las otras cuestiones en las que Trias ha quedado fuera de juego hacen referencia a temas urbanísticos que no son nuevos y sobre los que existía un principio general de acuerdo, pese a lo cual el nuevo equipo ha preferido correr por su cuenta y riesgo. La secuencia en ambos casos ha sido siempre la misma. Primero el concejal de urbanismo, Antoni Vives, anuncia a bombo y platillo un plan que, inmediatamente, tiene que retirar ante la ausencia de consenso político y el desconcierto de los vecinos. Sucedió hace unas semanas con la propuesta sobre la antigua colonia del barrio de Sants, Can Batlló, y ha vuelto a pasar con el proyecto de reforma de la plaza de las Glòries. En el primer caso, el coste de las indemnizaciones parece sospechosamente excesivo y el conjunto de la operación no está nada claro. En el segundo, hay serias dudas sobre la viabilidad del bonito dibujo presentado ante los medios de comunicación. Tanto el PSC e ICV como el PP cuestionan que el ordenamiento del tráfico y de la movilidad esté bien calculado, al no existir un estudio previo de impacto. Además, el principal requerimiento del proyecto de Trias, la anulación del túnel ferroviario y de la estación de França, no está garantizado por el Ministerio de Fomento, con lo que la reforma de Glòries podría encallar. En este caso, CiU tendría a mano un argumento habitual: ¡la culpa es de Madrid!

En resumen, lo que todo esto subraya es la debilidad política de Trias. Nunca el gobierno de la ciudad se ha apoyado en tan solo 14 concejales (sobre 41), que acumulan múltiples responsabilidades ejecutivas, sin apenas tiempo para visitar los barrios, atender a las entidades o hablar con los vecinos. Después del buen resultado de CiU en las elecciones generales, Trias hizo caso al sector soberanista de su partido y descartó la opción más lógica: ofrecer un pacto de gobierno al PP de Alberto Fernández. Eligió un camino de espinas, porque ni socialistas ni populares se van a prestar fácilmente a la estrategia de la geometría variable. Los primeros temen que CiU les acabe por robar el modelo y el discurso de ciudad que tanto éxito ha tenido. Y los segundos creen que ahora les toca gobernar y no aceptan ser rechazados por razones estéticas. Pero Trias mira para otro lado. En lugar de consensuar proyectos tan importantes como los citados, deja que su equipo los anuncie, sin excesiva preparación técnica, con el riesgo de tener que retirarlos. Tras estos sonoros fracasos, Trias debería mirarse al espejo y decidir de una vez con quién y cómo quiere gobernar Barcelona.

Historiador.

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