Ornitólogo urbano. Sus ojos son capaces de descubrir un oasis de trinos en el más seco pedregal.
Entre los incondicionales del jogging y la sombrilla que rondan por la playa de Sant Adrià llama la atención este hombre que, armado con prismáticos y telescopio, escruta un solar situado junto a la fábrica conocida como las tres chimeneas.
Información publicada en la página 88 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 02 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
-Disculpe, ¿puedo preguntarle qué hace?
-Miro pájaros.
-¿Pájaros? Este sitio no parece apto ni para las lagartijas.
-Queda tan poca tierra sin urbanizar en las zonas húmedas del litoral catalán que un descampado vallado como este no deja de ser, y es patético decirlo, una pequeña oportunidad para la vida. Aquí las aves están tranquilas.
-¿Y qué ha visto?
-Alcaudones comunes, varias especies de currucas, carabillas norteñas, cernícalos… La única pareja de chorlitejo chico que está teniendo éxito reproductor en toda la zona de la desembocadura del Besòs también está en este solar.
-No está mal para un pedregal. ¿Y no hay sitios más bonitos para ver pájaros? El delta del Ebro, el Empordà…
-Hace 15 años que vengo y he establecido un vínculo personal con este lugar tan desprestigiado. Mi recompensa es descubrir pájaros raros en lugares que están considerados poco más que alcantarillas, espacios duros donde solo encuentras cosas a base de pasarte horas y horas.
-Esto requiere mucha paciencia.
-Puedes venir mil veces y ver poca cosa o tener un buen día y ver 70 especies distintas. Incluso he llegado a ver comadrejas más de un día.
-¿Cuándo le dio por las aves?
-De niño iba al parque del Guinardó a mirar pájaros con mis prismáticos: veía qué especies había, qué hacían, y anotaba mis observaciones. A los 13 años dejé el fútbol para poder ir a ver pájaros los fines de semana.
-No tenía dudas sobre qué quería ser de mayor.
-Estudié Biología y ahora soy ornitólogo y hago el seguimiento de los pájaros del parque fluvial del Besòs. Si quiere vamos hacia allí.
A cien metros del solar de las tres chimeneas surge la mancha verde del río. Tarajes, sauces y cañizares dan cobijo a la fauna salvaje. Una barrera y una señal de prohibido el paso indican el límite de la desembocadura. Pasan un ciclista, una pareja con perros, un pescador, tres corredores... Todos ignoran la prohibición y se internan en el terreno de los pájaros.
-Muy tranquilos no están.
-Es el precio de abrir la ciudad al río, pero no deja de ser un oasis en este entorno. La verdadera espada de Damocles sobre la desembocadura es la central térmica, que inunda las zonas de alimentación y cría de los pájaros.
-¿Pero esto no tenía que ser una reserva para aves migratorias?
-Así lo decía un titular de su diario en el 2005, pero no se ha logrado este objetivo. Es fácil ver a la garza imperial dando vueltas durante 30 minutos, bajar, ver demasiado movimiento y marcharse. Hay demasiado trasiego para las aves acuáticas, pero, en cambio, como ha mejorado la calidad del agua, hay más aves piscívoras como el martín pescador, la garza real, la garceta común...
-No todo es negativo, entonces.
-No. Las aves acuáticas lo tienen complicado, pero aquí he podido observar especies raras como el escribano rústico. Lo vi el pasado otoño y era la segunda vez que se veía en Catalunya y la sexta o la séptima en toda la península Ibérica. También abundan los paseriformes, que son pájaros pequeños que hibernan en África, como la golondrina. Si todos los pájaros estuvieran anillados, esto parecería la ONU.
-Llevamos un buen rato aquí y los pájaros se oyen, pero no se ven.
-Estamos en época de cría y la migración casi ha terminado. Este que canta es el trist. Es una onomatopeya. Se llama así porque cuando canta parece que diga «trist, trist».
-¿Y este ti-ti-tiiit que se oye ahora?
-Es un ruiseñor bastardo. Y ahí va una garceta común. ¡Mire! Aquel es un chorlitejo chico. Tenga los prismáticos: verá que tiene el pecho blanco, un collar de plumas negras en el cuello y parece que tenga los ojos amarillos.
-Si supiéramos más de estos pájaros que han recorrido miles de kilómetros quizá respetaríamos más las barreras y les dejaríamos en paz.
-Es muy complicado gestionar un espacio urbano. A menudo la gente viene y me pregunta qué hago. Esa curiosidad me anima a transmitir los valores que aún conserva el río.