Joaquim Coll
Historiador
No hay nada peor que confundir los deseos con la realidad. Y aunque a todos nos gustaría pensar que la división en clases sociales hace mucho tiempo que dejó de existir, no es así. Todos creemos que en una sociedad democrática cualquier obstáculo que impida al individuo progresar de acuerdo con sus méritos y capacidades debería desaparecer. Pero un análisis a fondo de lo sucedido en las últimas décadas nos devuelve a la cruda realidad. La socióloga Marina Subirats explica en Barcelona: de la necessitat a la llibertat (2012) que, en realidad, lo que ha habido es una ocultación de los signos más evidentes de la estructuración en clases y capas sociales debido a complejas razones socioculturales. En España, porque el progreso económico ha sido muy importante y a todos ha beneficiado. Los pactos sociales de la transición consensuaron unas políticas progresistas en la redistribución de la renta, tanto por la vía de los incrementos salariales como a través de las prestaciones educativas y sanitarias públicas. Pero este consenso se ha ido quebrando por el empuje en la derecha de las ideas neoliberales, que también han hecho mella en la izquierda. La crisis es la gran coartada para liquidar lo que quedaba de ese acuerdo.
Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 22 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La reforma laboral del Gobierno del PP está en esta senda. A medida que vamos conociendo sus detalles, salta a la vista que los sindicatos tienen razón en lo fundamental: es injusta e ineficaz para salir de la crisis. El diálogo entre la patronal y los sindicatos transitaba por un camino difícil, pero se estaban alcanzando acuerdos, como el pacto sobre la moderación salarial. ¿Por qué tanta prisa? Para los jóvenes, además, es una pésima noticia: la mayoría van a tener que tomar el ascensor social descendente. ¿Vuelve la lucha de clases? Nunca se fue. Solo que la ofensiva corre del lado de la depredadora clase corporativa y de las grandes empresas. Entretanto, sus arietes políticos, como Duran Lleida, corren a advertirnos de que de nada sirve ya protestar.