Al contrataque
Periodista
En el siglo pasado ya se hablaba de la llamada "cuestión catalana". Y a principios del XVIII se tuvo que promulgar un decreto para poner a los levantiscos catalanes en vereda. O sea, que el llamado problema catalán no es nuevo. Y, sin embargo, hay generaciones enteras de españoles con mando en plaza que se sorprenden al ver que las cosas son distintas a su visión centrípeta del Estado.
Información publicada en la página 80 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 03 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
En todo este asunto lo más lamentable es el empecinamiento del Estado español y sus voceros en vivir instalados en la burbuja blindada de los territorios intocables. Una cosa es que se perdieran Cuba y las Filipinas, Ifni y el Sáhara. Pero la secesión en el territorio peninsular es obra del diablo. O como dice ese preclaro analista llamado Mayor Oreja, se trata de una de las argucias de ETA. Eso es lo lamentable: la sensación de que estamos siendo gobernados por una pandilla de amantes del tópico dispuestos a creerse las falsedades que día sí día también van destilando desde hace años los papeles y las televisiones de lo que ellos llaman ámbito nacional.
La capacidad de autocrítica de la España subyugada por las certezas de Madrid es nula. Nadie en aquel territorio virtual, ni políticos ni periodistas ni intelectuales, está dispuesto a considerar que tal vez el problema catalán no es tanto catalán cuanto español. Son incapaces de admitir que a lo que aspiraría esa Catalunya no es a separarse de ella, sino a reeducarla y conseguir una España mejor.
De pronto, España tiene un problema: en plena crisis económica aparecen unos muchos centenares de miles de ciudadanos dispuestos a un referendo de autodeterminación. En vez de coger el toro secesionista por los cuernos, los albaceas de la España eterna se limitan a segregar adjetivos. Dicen que la unidad española es indestructible, que la historia de España es gloriosa, que cualquier intento democrático de expresar los deseos colectivos es ilegal. No es con palabras épicas con lo que se soluciona el problema. Porque también en Catalunya los impulsores de la independencia saben pronunciarse con palabras altisonantes. No es la primera vez que Catalunya se presenta en Madrid a reivindicar lo que es lógico. Pero no ha habido ningún hecho tangible que apaciguara el descontento catalán. Palabras, solo palabras. Y últimamente hasta ideas militares solicitando la presencia de la Guardia Civil para mandar a los consellers a casa y pidiendo ayuda a los empresarios.
Esas son las respuestas de la España sorprendida y perpleja: los epítetos épicos, las Fuerzas Armadas, los jueces del Constitucional -auténtico burladero de la voluntad popular- y, sobre todo, el miedo a los empresarios nómadas. En este sentido, la amenaza de Lara diciendo que se va a llevar su grupo editorial a Cuenca, Grup 62 incluido, ha sido sin duda lo más sonado. En un mundo globalizado en el que un libro aparece en todo el mundo al mismo tiempo, ya me imagino al bueno de Castellet paseando sus memorias por la bella ciudad del Júcar y del Huécar. La verdad es que la sinrazón española a veces parece no tener límites.