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DEFENSORA DE LA IGUALDAD

Eva Peruga

Defensora de la Igualdad de El Periódico

Violación en 'prime time'

@perugae

Sucedió en Manhattan. Una mujer humilde denuncia los presuntos abusos sexuales sufridos por parte de un hombre importante y rico. El término 'violación' sale de la marginalidad. Es una oportunidad.

Domingo, 22 de mayo del 2011

¡Pobre Fondo Monetario Internacional (FMI), pobre Francia, pobre PS francés, pobre Dominique Strauss-Kahn (DSK)! La perp walk, el paseíllo ante las cámaras globales del exdirector gerente del FMI esposado, ayudó a colgar del cuello del detenido el cartel de víctima. ¿Extraño?

Cuestionar a un macho alfa, la expresión tomada del mundo animal no racional para identificar a un hombre poderoso o en una alta posición social, similar a la masculinidad hegemónica, no es sencillo en una sociedad apresurada en liquidar los rescoldos del humanismo y ensalzar las combinaciones en las que una de las partes es siempre dinero y/o poder. Ha sido esta una semana en la que las mujeres se han explicado el acoso y las violaciones, habitualmente en la escala del abuso de poder, que han sufrido y su silencio forzado por el miedo a las represalias laborales o físicas.

EN PARALELO, la construcción del relato queda en manos de esa hegemonía masculina. El ministro de Justicia (?) británico, Kenneth Clarke, declara sin impostura que existen diferentes categorías de violaciones. Y el relato mundial gira sobre el destino de una organización económica, dirigida como el resto por un hombre; de un partido, en el que sus dirigentes femeninas quedan bien retratadas por su mutismo ante reiteradas conductas impropias de su presidenciable, y de un país víctima de una disonancia cognitiva. Interesan poco las políticas y las feministas de Francia que han denunciado la supervivencia del derecho de pernada y, de soslayo, piden abrir las cortinas que esconden, bajo el amparo de la privacidad, formas de abuso y de desigualdad. Que la luz entre siempre ha sido buena señal.

Ni comprensión ni compasión general para la presunta víctima de los abusos sexuales, la empleada del Hotel Sofitel de Nueva York. Para sustentar su denuncia, esta mujer ha pasado por pruebas que han hurgado en su intimidad. Su dolor y vergüenza son obviados a pesar de que, de ser cierto el abuso, las secuelas físicas pueden llegar al suicidio y las personales ni lo sé.

David contra Goliat siempre fue un asunto ambivalente. Una de cada seis mujeres norteamericanas ha sido víctima de un intento de violación o de una violación en su vida. Solo el 2% de los violadores van a la cárcel en EEUU. Francia estrena la campaña La vergüenza tiene que cambiar de lado, que denuncia las 75.000 violaciones anuales y alerta: solo una de cada 10 víctimas denuncia.

No se puede trivializar el caso. Ni hacer mezclas explosivas si lo que se pretende es desactivar esa forma de violencia machista. Frases como «le gustan mucho las mujeres» y «no puede controlar sus impulsos» construyen un lenguaje que divide a los varones, reproduce estereotipos y jalea al supuesto macho de la manada. A pesar de que este es un perfil que nos revela muchos datos, cruzar la frontera, en muchas ocasiones a lomos de la impunidad, cambia los rasgos. La violación es un delito. Sin complejo de edades ni condición social. Un delito contra la libertad sexual, escondido en un cajón porque suena mal y disimulado más veces de las imaginadas bajo el paraguas del consentimiento. El verbo consentir es difícil de encajar. La defensa sabe que ese es un terreno oscuro.

COMO el hombre blanco, rico y listo solo podía ser víctima de una mentira o de un complot, el escrutinio de la denunciante empieza sin piedad. Es una buena trabajadora, madre de familia y de vida tranquila. De no ser así, su versión flotaría ya por el Hudson. Su voz es frágil: mujer, negra e inmigrante. Para la denunciante, no hay presunción de inocencia en la teoría del complot que también haría de ella una víctima. Y será arrastrada por el lodo si el juicio sigue.

El mundo escucha, en prime time, la palabra violación alejada de barrios marginales y guerras. Transcurre con más horas de elogios y compasión para DSK que de condena a esa lacra. Nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato.

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