Riesgo extremo. Esta sería la situación en la que nos encontramos. Calor, sequía, nivel mínimo de humedad, un cúmulo de condiciones adversas que hacen temer lo peor. Aún clavadas en nuestras retinas, las devastadoras imágenes y las trágicas pérdidas de los incendios recientes. Ante el peligro, las agrupaciones de defensa forestal, la Administración y los payeses se han movilizado para tratar de detener la amenaza. Los helicópteros sobrevuelan atentos a cualquier indicio de humo. Mil tractores aran la tierra reseca para impedir las llamas que podrían asolarla. Los ojos de muchos permanecen atentos para frenar cualquier irresponsabilidad. Y los ruegos de más se elevan a los dioses del fuego en busca de clemencia. Unidos contra las llamas devastadoras. Unidos para evitar la catástrofe. Unidos para sobrevivir…
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 09 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Mientras el miedo, la lucha y el coraje se funden para plantar cara a los incendios, en el infierno de la crisis cunde el desánimo, la impotencia y la insolidaridad. ¿Qué amenaza, qué sacrificio, qué alarma hace falta para que seamos capaces de aunar las fuerzas? Que se are la tierra que se tenga que arar. Que la responsabilidad se instale en la mirada de todos. Y que no se abandone a nadie a las puertas del infierno. Ayer, El PERIÓDICO titulaba Zafarrancho por la alerta de incendios. ¿Algún día podremos leer en portada el anuncio de un zafarrancho contra la crisis?