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La verdad y la ficción en Arnes

Miércoles, 30 de mayo del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Josep Maria Espinàs Periodista y escritor

Atravesando la Terra Alta -no a pie, como ya hace (casi 25) años- he ido a Arnes. La villa tiene unos pocos centenares de habitantes, si no me equivoco, pero una magnífica arquitectura renacentista. La Casa de la Vila es un gran cubo formidable. He ido a Arnes para asistir al rodaje de una película basada en una narración del admirado amigo Albert Sánchez Piñol. Supongo que nunca había habido tanta gente moviéndose nerviosamente alrededor de este monumento. Se filmaban unas escenas del éxodo republicano, que huía del avance franquista. Alrededor del edificio monumental había decenas de personas, un hervidero de gente armada no con fusiles del año 1939 sino con auriculares y blocs de notas. Se pasaban instrucciones, pedían silencio a los mirones, comprobaban que todo estaba a punto para que el director de la película pudiera dar la orden de rodar una escena. Una de las muchas escenas -primeros planos, planos generales- que luego se han de montar con continuidad narrativa. «Silencio». «Otra vez». «Acción».

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Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 30 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Notable el contraste entre las carreras y los nervios de quienes preparaban el rodaje de una corta secuencia con la actitud paciente, disciplinada, de los actores, principales o secundarios, que tenían que repetir los gestos y las palabras. Pasaba el tiempo, caía un sol implacable sobre la plaza. «Silencio». «Otra vez». «Acción». Desde la alta ventana, un hombre tiraba fachada abajo un puñado de papeles-supuestos documentos- que revoloteaban por el aire. Los milicianos los metían en bidones metálicos y los quemaban. «Stop». En una ocasión echaban demasiado humo -«otra vez»- y en otra, demasiado poco. Estando yo en aquel escenario de Arnes se rodaron los últimos metros de la película. Y así vi la escena de la huida. Hombres y mujeres cargados con fardos o maletas o que habían confiado sus cosas al lomo de un burro; mujeres del pueblo que avanzaban penosamente, arrastrando a sus niños. Todos vestidos con las gorras, las alpargatas, la ropa de aquellos años 30. ¿Lo que yo veía era ficción? Sin duda: en las paredes de las casas estaban pegados unos carteles que eran proclamas de guerra. Pero el desfile de los fugitivos me parecía real, y en cada uno de los que formaban la patética comitiva veía a un Joan que había existido, a una Francesca que debía llorar al abandonar la casa. Todo era trampa, en ese mundo de cámaras y disfraces, aquel día solar en Arnes. Y con la trampa se rehacía la verdad.

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