El asfalto se deshace bajo los pies. El sol cae a plomo y nos esforzamos por saltar de aire acondicionado en aire acondicionado. El verano, el nuestro, el que nos deshidrata de agua y energía, ya está aquí. Un estío más en el que el cielo azul radiante contrasta con la negra realidad. El Banco de España prevé para los próximos meses una recesión aún más profunda y un aumento del paro. Y, a pesar del calor, el hálito glacial del invierno se extiende en el horizonte de la esperanza. Por unos días, por unas semanas, aunque solo fuera para satisfacer una ilusión de capa caída, sería fantástico poder enviar de vacaciones a esta crisis pegajosa y famélica de la que no podemos desprendernos. Zambullirnos y dejar que la incertidumbre, como bolsas de tinta, se diluyera en el frescor del mar. Trenzar una sábana con todo el miedo y tenderla al sol, para que el aire, lentamente, la fuera desprendiendo de esas hebras pesadas y ásperas. Esparcir las pesadillas, las horas de pensamientos laberínticos, el entrecejo fruncido de la congoja en un prado húmedo y esperar a que los gusanos se las coman.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 29 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Puede que esta crisis no quiera saber nada de recreos ni de días de asueto, puede que se empeñe en envolvernos en su aliento de hielo, pero no podrá impedirnos un chapuzón en el mar, una caricia del sol o unas briznas de hierba. Disfrutar, a pesar de todo, del íntimo territorio de la felicidad.