El día que Reinaldo tuvo en sus manos el primer cheque conseguido con su trabajo -como actor, a los 13 años-, su padre le dijo: «A partir de hoy pagarás el 10% del gasto de la casa, el que tú elijas». Aquel adolescente no entendió, de entrada, el mensaje de su padre, pero lo ha llevado con él, hasta hoy, en esa mochila de la vida que cada uno transporta.
Información publicada en la página 36 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 07 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
-Ahora, a sus 34 años, ¿qué lectura hace de la decisión de su padre?
-Hoy la valoro un montón, como toda mi educación. Gracias a ella sé que mis padres no me crearon para ellos, sino que me hicieron para el mundo. Mi padre nos reunía a mi hermana y a mí, y, con mi madre, repasaba los gastos que teníamos. Nos decía: con esto que gano, hay que pagar todo esto. Así aprendí que no se puede dar un paso más grande del que abarca la pierna.
-¿Sus piernas danzaban antes de ganarse la vida con ellas?
-Mucho. En Brasil, los que bailamos en los carnavales llevamos el ritmo en la sangre. Habrá quien no sepa sambar, pero, en general, somos versátiles. Yo bailaba claqué, tango, samba... pero quería ser actor.
-Y lo fue.
-Sí, hasta los 22 años trabajé en ello. Estando en Sao Paulo, con un ritmo laboral frenético, decidí parar. Quería ir a Estados Unidos a estudiar comedia musical, pero no me dieron el visado. Y un amigo me invitó a ir con él a Argentina. Preparé la bolsa para 15 días y me quedé seis años.
-Y a la danza, ¿cómo llegó?
-Me puse a bailar por una carencia idiomática. Como no hablaba español, en Argentina no podía trabajar como actor y con la danza tuve un rápido desarrollo. Conseguí una beca de dos años de la Fundación Julio Bocca para formarme en comedia musical. Luego entré en el teatro San Martín, con la mejor compañía de danza. Y en mi último año en Argentina me eligieron para un proyecto Argentina-Francia. 40 bailarines viajamos a París. En el casting pensé: si paso, me quedo en Europa.
-Y aquí está. ¿Conocía a alguien antes de venir a Catalunya?
-Conocía a un amigo de Maria Rovira, la directora de la compañía Trànsit Dansa de Mataró, en la que estamos dos brasileños, un italiano, una argentina, catalanes y españoles. Ser cada uno de un país hace el trabajo más interesante. Llegué, y a las dos semanas ya estaba trabajando. [Hasta el 2 de septiembre, Ribeiro baila en el Teatre Goya De Carmen (Ballant a la sorra)].
-¿Dónde vive?
-Vivo en Mataró. Barcelona se puso tan de moda que los precios se dispararon. Para mí lo ideal sería vivir en Barcelona en invierno y, en verano, en Mataró, donde estoy en una casa a diez minutos de la playa.
-¿Cómo es la vida en Mataró?
-Mataró es un pueblo. A la hora de la siesta no ves a nadie en la calle. Veo una diferencia muy grande entre el barceloní y la gente de los pueblos. En la ciudad, el feedback es más inmediato. Es como si vas a Río de Janeiro, donde yo nací. Sentirás que todos te quieren. En cambio, en el interior la gente es más reservada.
-Después de haber vivido en Sao Paulo y Buenos Aires, ¿Barcelona no le parece una ciudad pequeña?
-Bueno, Barcelona para mí también es un pueblo, pero un pueblo en un sitio privilegiado del planeta, de fácil acceso y no propenso a catásfrofes naturales, un pueblo en el que oyes hablar ruso, árabe y chino por la calle. A mí en el Raval me saludan en árabe, me confunden, y yo les contesto también en árabe.
-Y catalán. ¿No oye hablar catalán?
-Mucho más en Mataró que en Barcelona. Yo confieso que podría hablarlo mucho mejor si me exigiera, pero tiro por la vía fácil. Aunque siento que lo mínimo que puede hacer uno cuando está en otro país es hablar la lengua de ese lugar.
-Sobre todo si se queda aquí. ¿Le gustaría quedarse siempre aquí?
-Como base, Barcelona me parece interesante, una ciudad perfecta como cuartel general, punto de partida y llegada. Pero no planeo. Es importante tener objetivos, pero yo he aprendido también a dejar en mi vida un espacio para el azar.
-El azar lo va llevando de crisis en crisis. En Argentina coincidió con el corralito y aquí, de nuevo, crisis.
-Yo vengo de un país, Brasil, que siempre estuvo en crisis. La crisis es un temblor de tierra que sacude y te hace volver a lo esencial, a lo simple y sostenible. Quizá suene utópico, pero estoy seguro de que mis abuelos, con todas las dificultades, tenían más felicidad que nosotros con tanta información y consumo.