El Periódico

Sábado, 15 de abril del 2017 - 11:09 CEST

Emilio Saracho, presidente del Popular, en la junta de accionistas.

En el sector financiero, como en la vida, los problemas que no se afrontan reaparecen tiempo después más grandes, no se evaporan. Lo sabe el ministro de Economía Luis de Guindos quien se encontró no pocos muertos en el armario cuando tomó las riendas de la reestructuración bancaria en diciembre del 2011. Los agujeros en los balances de los bancos no desaparecieron y España tuvo que pedir un rescate de 100.000 millones a Europa para limpiar la porquería acumulada por las malas decisiones de gestores incompetentes o corruptos o ambas cosas.

En diciembre del 2010, el Banco Popular valía en bolsa 5.280 millones, la acción había cotizado ese año por encima de los 15 euros y el banco era todavía uno de los grandes de España codiciado por Isidre Fainé y Josep Oliu. El Sabadell tenía a finales de ese año una capitalización de 3.662 millones y CaixaBank estaba en plena metamorfosis de caja a banco.

El entonces presidente Ángel Ron, cegado por las ganancias que otros habían obtenido en el sector del ladrillo, tomó la peor decisión de su carrera profesional: lanzar a un banco conservador y con el mejor negocio de pymes de España a invertir en el sector inmobiliario cuando se avecinaba la crisis. Ese error de cálculo fue el que llevó al banco a la ruina, pero también contribuyó a ello un típico fallo que cometen los consejeros delegados en entornos de riesgo: la sobreestimación del éxito de las propias decisiones.

Así, cuando España asumió que necesitaba un rescate y fue forzada a crear un banco malo, el Popular se negó a aceptar que tenía un mal larvado y dejó pasar por orgullo la oportunidad de pedir ayudas y traspasar activos inmobiliarios a la Sareb.

El banco vale ahora 2.564 millones (0,60 euros la acción) tras perder esta semana 840 millones de capitalización, mientras que el Sabadell tiene una valoración de 8.907 millones y CaixaBank, de 22.353 millones. El nuevo presidente de la entidad Emilio Saracho ha abierto esta semana, a sabiendas, la puerta a hedge funds y bajistas para que se den un festín a cuenta del renqueante banco. El exvicepresidente mundial de JP Morgan Chase pronunció en aras de la transparencia las palabras mágicas en la junta de accionistas: “no vamos pagar dividendos”, “estamos abocados a ampliar capital”, “si es lo mejor para los accionistas se analizará una operación de consolidación”. Un ejecutivo de la City sabe cómo se mueven los mercados ante declaraciones de este tipo. Los bajistas ganan cuando cae la acción. Pero también los potenciales inversores que se quieran quedar con la entidad. Y en banca, como en la vida, hay amores que perduran.

No le asusta tener que ganarse la titularidad, pero tampoco quiere aburrirse en el banquillo