J. Mª. Fonalleras
Cualquier aborto es una herida dolorosa que va más allá de la moral cristiana y de cualquier tipo de moral. Solo la madre sabe la desazón que le persigue en el momento en que decide interrumpir el embarazo, sea por el motivo que sea. Nunca es una frivolidad, una manía, una inconsciencia. No tiene nada que ver con el concepto del nasciturus que, según la doctrina eclesial, ya es un ser humano desde el mismo momento de la concepción. Ni tiene nada que ver, por supuesto, con las imágenes terroríficas que claman contra lo que llaman la muerte del aún nonato mientras olvidan, en nombre de una fe oscura, la existencia triste y hambrienta, sin norte, de tantos niños vivos. El sufrimiento de la madre es insondable, profundo, extremo. Imposible de comprender, de entender en su magnitud. Y menos desde la perspectiva del guardián de la ética que prohíbe y penaliza y blande la espada flamígera que expulsa del paraíso.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 31 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Por eso es tan emotivo, tan intenso, el testimonio de Gemma Botifoll, este domingo en EL PERIÓDICO, el gesto heroico de la madre que decidió abortar para evitar al hijo un infierno sin nombre. Justamente puso un nombre a este, Joel, testigo inerte de una estimación infinita. No hablemos, si a usted le parece, señor Gallardón, de imposiciones trogloditas ni de legislaciones inhumanas. Hablemos, mejor, de sentimientos, tan ignotos, tan inefables, que no hay ley que los pueda contener.