La muerte de Antoni Tàpies cierra el periodo artístico catalán de la inmediata posguerra que se concretó en el grupo y la revista Dau al Set, expresión de las vanguardias atraídas por el surrealismo y el dadaísmo. Desde entonces y hasta el final de su vida, se sumaron en el legado de Tàpies la búsqueda de la innovación y el compromiso social. Y habría que hacer extensivo este compromiso a la singularidad cultural de Catalunya, sobre la que también insistió sin desmayo.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 07 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Estos rasgos definitorios de la obra de Tàpies, que hoy, por obvios, es casi innecesario subrayar, conmovieron los cimientos de los convencionalismos artísticos cuando el joven pintor autodidacta, en el seno de una sociedad acomodaticia y sin inquietudes, formuló las grandes preguntas de todos los tiempos. Apareció Tàpies con sus fórmulas a menudo herméticas, siempre inquietantes, y los afectos al academicismo se vieron enfrentados a un creador a la altura de los más grandes que muy pronto se convirtió en una de las referencias permanentes del arte universal del siglo XX.
Nada en Tàpies es gratuito ni nada en su obra es de fácil asimilación. Basta recorrer las salas de su fundación en Barcelona para comprender que el mensaje de Tàpies constituye en sí mismo una cosmología que acaso lo alejó durante toda su vida de la popularidad característica de la cultura de masas, pero, en cambio, lo situó entre los mayores transgresores del orden artístico establecido. Algo que se completó con su actividad política y social hasta convertirse en un referente cívico.
En la hora de la última despedida es tan importante retener esta vertiente de Tàpies como otra que con harta frecuencia se olvida en su caso y en el de otros grandes de la cultura: la tenacidad, el estudio, el trabajo permanente, la autoexigencia y la búsqueda de la excelencia. Cabe incluso considerar que pueda haber quienes discutan la grandeza de tal o cual periodo en el quehacer de Tàpies, pero nunca se encuentra en su extensa y variada labor el trabajo complaciente y sin ambición. Y esta sea quizá la mayor de todas las lecciones que nos queda de la vida de Tàpies: solo la constancia permite alcanzar la grandeza y mantenerse en ella hasta el último aliento como él lo logró.