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Una mujer de cuidado

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Lunes, 10 de junio del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto

Descubrí un poco tarde a Lucinda Williams (Lake Charles, 1953), la agridulce cantautora norteamericana que este viernes actúa en el Barts, pero se convirtió de inmediato en uno de mis fetiches de lo que podríamos definir como country-folk-rock con mucha alma y -parafraseando al gran Willy de Ville, que en paz descanse- demasiado corazón. Fue con su disco Essence (2001), obra maestra de la melancolía musical llena de corazones rotos, amores imposibles y relaciones condenadas al fracaso. En mis momentos de quebranto sentimental, Essence siempre ha estado ahí para hacerme compañía.

Situada conceptualmente a medio camino entre Dolly Parton (la parienta que te espera en casa con el rodillo en la mano para zurrarte la badana cuando aparezcas borracho) y Emmylou Harris (la dulce muchacha que, cuando la plantan, se queda en su cuarto llorando), yo diría que Lucinda Williams es de las que, cuando pintan bastos, se va al bar como un hombre, se infla a burbon y, si le tocas las narices, te abre la cabeza con un taco de billar. Y no, no es lesbiana, aunque es imposible hallar una foto suya en la que no luzca tejanos, botas vaqueras y melena pajiza sobre una portentosa cara de resaca: según ella, su principal error sentimental ha sido enamorarse de tipos que tocaban el bajo (frecuentemente, en su propia banda).

Tras algunos discos menores, en el 2011 publicó Blessed, en el que demostraba estar en plena forma, con una mezcla de temas lentos y rápidos que parecía reflejar muy bien su estado de ánimo: se acababa de casar, ¡y no con un bajista! No sé si llenará la sala barcelonesa, pero no hay que descartarlo: su base de fans se amplió notablemente a partir del mágico Essence, incluyendo a todo tipo de indies, alternativos y gafapastas que hasta entonces la consideraban demasiado country. Yo no veo la hora de que me pase alguna desgracia sentimental para volver a sumergirme en ese disco que tanto me acercó hace 12 años a eso que Erik Satie llamaba désespoir agréable.

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