Josep Maria Espinàs
Periodista y escritor
Realmente, los especialistas en la ciudad de Barcelona, que a cada momento nos dicen sus defectos, programados admirablemente, parece que no pasan por un buen momento. Me lo asegura un vecino, y como pongo cara de desconcierto se saca un papel del bolsillo y me dice: «Como debe de estar ocupado y quizá no me haría caso, aquí tiene un esquema del artículo que debería escribir. Si encuentra alguna expresión demasiado fuerte, le autorizo a suprimirla. Hasta luego y perdone; yo voy siempre a pie, dicen que es bueno para la salud». Leo su texto en el sofá de casa. Los puntos y las comas le han declarado la guerra a la lógica. Cada cinco palabras escribe espantoso y cada diez, ecología. Pero el título que ha sugerido me parece bien y lo aprovecho.
Información publicada en la página 12 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 14 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Tiene razón. Los coches eléctricos, que se han presentado como una solución, de momento son un problema. Pero no porque haya pocos puntos para recargar la batería o por cualquier otro inconveniente práctico. El tema fundamental: los coches eléctricos son espléndidamente silenciosos. Hace tiempo que criticamos el ruido del tráfico. Incluso se ha analizado el nivel de contaminación acústica que se produce en varios puntos del mapa urbano. Y de acuerdo con la advertencia de los analistas del aire, los gases de los motores de los automóviles contribuyen a otra notable contaminación: la del combustible. Respiramos un aire tóxico. Y ahora insinúan que si el ruido es un defecto de los vehículos tradicionales, el admirable silencio de los coches eléctricos es un riesgo para los peatones. Y también, me atrevo a decir, para los otros vehículos igualmente mudos. No se trata del peligro que supone la circulación actual para las personas que no oyen. Se trata de que los ciudadanos que disponen de un oído perfecto deberán volver la cabeza constantemente, a derecha y a izquierda, porque ningún ruido les avisará de que se aproxima un coche. Es previsible que este mutismo de los motores multiplique la necesidad de tocar el claxon. He pensado en el valor de los ruidos en la diaria vida de los humanos. Para todos, no solo para los invidentes. El ruido de la puerta que se cierra, del autobús que llega, del ascensor que sube, de las voces, de la lluvia, de las palabras, del teléfono que suena o del ordenador que avisa. Si el silencio automovilístico se impone, salir a la calle será como incorporarse a una película de cine mudo en color. Es una idea de mi vecino, y no me parece mal.