En la universidad tuve un profesor marxista que me enseñó economía política. Puedo jurar que me gustó la materia y, más aún, que acabé el curso convencido de que entendía el concepto del producto interior bruto. También aprendí la nomenclatura de El capital, como los modos de producción y la plusvalía. El capitalista se enriquecía (y no los obreros) justamente porque se aprovechaba del trabajo que llevaban a cabo, de aquel excedente de valor que iba más allá del sueldo que cobraban y que se convertía, para el capitalista, en la fuente de su prosperidad. Como, además de marxista, el profesor era un poco poeta, nos hacía entender que, de alguna manera, el capitalismo funcionaba porque robaba el alma, y que este era el origen verdadero en el que se fundamentaba el sistema.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 01 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Todo estaba muy claro, entonces. Quizá me quedé solamente con esta idea romántica y creo que decidí que ya tenía bastante, que ya sabía lo que debía saber sobre la ciencia de los números y las previsiones, sobre la micro y la macro. Con el tiempo he comprobado, evidentemente, que no sabía nada y que apenas era capaz de leer el extracto de mi cuenta corriente. Ahora vuelvo a los orígenes. Los hay que no solo roban el alma sino que ejercen simplemente de trileros, como decía ayer el mago Tamariz. No se trata solamente de un robo filosófico sino, lisa y llanamente, de un cínico tirón en plena calle.