Josep Maria Espinàs
Periodista y escritor
Ya estamos acostumbrados a leer noticias de catástrofes humanas. Un centenar de muertos en un lugar, 200 en otro. A veces se trata de desastres naturales -seísmos, inundaciones, el clima- y a veces son consecuencia de la violencia o de las guerras.
Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 21 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
No recuerdo que se haya producido nunca una catástrofe como la que ha pasado en Honduras. Que yo no recuerde ningún precedente como este no significa nada. Siempre hay antecedentes escandalosos. Cuando se habla de un hecho terrible, el repaso de la historia acostumbra a demostrarnos que siempre ha habido desastres excepcionales. De todos modos, lo que ha pasado ahora en Honduras es espantoso. Más de 350 personas han muerto en una cárcel. Debido a un incendio, dicen. Claro que ha habido un incendio. Pero la tragedia ha existido porque en una prisión prevista para 250 personas había 850. El volumen de la tragedia, pues, se explica por la enorme cantidad de encarcelados y por las irracionales condiciones en que vivían, condiciones que les han llevado a la muerte. Ignoro si había un plan de evacuación reglamentario en caso de urgencia, pero, si existía, era evidentemente un papel mojado, porque la población reclusa se había multiplicado largamente por tres. Conseguir, con el fuego cerca, que 850 personas encerradas en calabozos se puedan salvar... y teniendo que reventar las celdas, porque los guardianes querían salvarse por su cuenta... ¿Había algún sistema contra incendios? Dicen que se oían los gritos de los presos atrapados por el fuego. Sí, 350 presos atrapados y muertos.
Cuando, de joven, trabajé de abogado, entré una vez en la cárcel Modelo de Barcelona, para hacer no sé qué gestión. Sí recuerdo que sentí la presión del silencio. En la cárcel de Honduras, los que intentaban salvar la vida, y luchaban incluso contra los propios compañeros para conseguirlo, debían provocar un gran y dramático griterío. Parece que cientos de mujeres de los presos formaban una masa compacta a las puertas de la cárcel, esperando que se abrieran. Pero las puertas no se abrían.
J. J. Dalton, cronista de El País, explica que un responsable de las cárceles de Honduras osó decir que la del desastre era una de las más seguras. Señor: una prisión no se ha de elogiar sólo por su seguridad, sino por su humanidad. Cuando se incendia un corral, lo primero que hacen los ganaderos es abrir las puertas para que los animales se salven.