Juancho Dumall
Director Adjunto
Se llamaba Amanda Todd y a sus 15 años ha dejado en forma de videoclip un estremecedor relato del sufrimiento insoportable que le llevó hasta la muerte, ocurrida hace ocho días, y que ha conmocionado a su país, Canadá. Hace tres años, Amanda fue enredada por un pederasta. Su supuesto pecado fue el de enseñar los pechos a su acosador a través de internet. Tenía 12 años. Unos meses después, el desconocido distribuyó aquella imagen en Facebook. Compañeros de colegio, familiares, amigos y profesores pudieron ver desnuda una parte del cuerpo de la adolescente.
Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 18 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Entonces llegó el segundo acto de su tragedia: el acoso, la burla y la calumnia. Esta vez la desgraciada muchacha se enfrentaba al odio inmisericorde de sus compañeros de pupitre, al desprecio de sus amigos, a los chistes de las personas a quienes más necesitaba en aquellos días terribles. Cambiar de colegio, de barrio, de ciudad no le sirvió de nada. El acoso la perseguía en las redes sociales, mientras ella se sumergía en un rápido viaje al infierno. Hasta que presuntamente se quitó la vida.
Podemos hacer ahora grandes llamamientos a la lucha contra la pederastia en la red, contra el acoso escolar y contra la sacralización enfermiza del desnudo. Podemos publicar alegatos a favor de la protección de menores en el nuevo panorama que supone la irrupción de las redes sociales. Está muy bien. Algo tenemos que hacer, además de llorar, ante el espanto que produce este caso.
Pero tal vez el mejor homenaje que podríamos hacer a esa joven cuya vida fue segada por la injusticia, la mejor iniciativa para que un drama como este no se vuelva a repetir, sería la reproducción en las escuelas de ese vídeo en el que Amanda contaba su caso con una extraordinaria sencillez de medios (frases escritas en cuartillas que ella iba pasando al estilo del viejo clip de Bob Dylan) pero con una profundidad que sobrecoge.
Es la narración en ocho minutos de una gran fatalidad. Un testimonio demoledor que puede ser muy formativo para los chicos que conviven con el acoso cotidiano a los empollones, los gordos, los feos, los extranjeros...