-Entonces, fue una casualidad que llegara a Barcelona.
Información publicada en la página 36 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 09 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
-Vine con una empresa italiana que quería montar su despacho en Barcelona. Acepté porque era Barcelona y porque me gustaba la idea de vivir un tiempo en el extranjero. De eso ya hace casi tres años y medio.
-¿Para cuánto tiempo venía?
-Mínimo dos años. Me parecía un tiempo interesante para conocer otra cultura. Después me he quedado porque Barcelona me encanta. Soy de esas extranjeras que se entregan a la ciudad y que la disfrutan tanto como pueden. Algunos catalanes me han dicho que los extranjeros la disfrutamos más que ellos mismos. Barcelona lo tiene todo: el clima, la diversidad cultural, la arqui-
tectura, un puerto internacional y el dinero para hacer negocios.
-¿Y qué ha conocido de la cultura catalana?
-Barcelona tiene varios niveles y no es tan fácil entrar en contacto con la cultura catalana. Aparte de la lengua, otros aspectos de la cultura no son tan evidentes. Se puede decir que existe la Barcelona de los extranjeros y la Barcelona de los catalanes, y que se mezclan poco.
-¿En cuál está usted?
-Supongo que en la de los extranjeros, pero ambas se cruzan, así que un poco en las dos. Mis clientes son catalanes y tengo amigos catalanes, pero es verdad que conozco a pocos barceloneses. Los barceloneses de la ciudad viven su Barcelona. Con mis amigos catalanes comparto las ganas de conectar con la diferencia.
-¿Con qué se queda de lo que ha vivido en estos tres años?
-Los catalanes tienen una gran virtud: la tolerancia. Aun así, esta tolerancia a veces se convierte en indiferencia. Se puede decir que te aceptan, pero no encuentro esa curio-
sidad que te lleva a tener un contacto más fluido.
-Póngame un ejemplo.
-En Italia, si vas dos veces al mismo bar, en la segunda ocasión te dirán algo. Aquí puedes entrar siete veces en un bar y no te reconocen, o si te reconocen, no te hacen caso. Es por eso que esa tolerancia que me parece una virtud, también puede convertirse en algo que no deja fluir las relaciones, hay un filtro.
-Aquí no abundan los piropos.
-Aquí es casi una ofensa piropear a una mujer. En Italia hay un culto a la belleza muy fuerte tanto de los hombres como de las mujeres. En Italia la estética es muy impotante.
-¿Se queda con algo más?
-Con el respeto a las reglas.
-¿Cómo?
-Desde pagar el tíquet del bus hasta cómo conducen. En Italia, en las grandes ciudades como Roma o Milán es una locura. Aquí hay un sentido de la cosa pública muy fuerte. Y eso lo agradezco mucho, me da seguridad.
-Se dice que los italianos son más creativos.
-Los italianos se arriesgan más, pero creo que el compromiso que tiene Catalunya entre el espíritu mediterráneo y el respeto a las reglas es un muy buen equilibrio.
-¿Está en contacto con la pequeña Italia que vive en Barcelona?
-Sí. Aquí hay una Italia diferente, una Italia más independiente de la mamma y de la familia.
-¿Pensaba que lo de la mamma era un estereotipo?
-No, es real. La Italia que vive en Barcelona llegó saliendo de la Italia de Berslusconi, pero en parte para independizarse de la mamma. En Italia, la cultura de la provincia es la dominante y no hay mucha libertad para desarrollar la identidad.
—¿En qué trabaja ahora?
-Trabajo por mi cuenta y tengo más proyectos, siempre relacionados con la promoción y consultoría de empresas de diseño, arquitectura y moda. Concibo Barcelona como una buena base internacional.
-¿Ha sido fácil establecerse por su cuenta?
-Sí. Muchos de mis clientes son italianos. Además, España e Italia son bastante parecidas. En los dos países la relación humana es importante. Diría que es casi más importante aquí que allá.
-¿En qué sentido?
-Aquí una reunión puede durar una hora, y ese tiempo se considera necesario para cerrar un negocio.
-Por cierto, ¿y la mamma qué dice?
-No tengo una mamma tan italiana. [Se ríe] Barcelona está muy bien conectada con Europa, así que la mamma me tiene bajo control.