El anuncio de elevadas temperaturas los próximos días en Catalunya ha reactivado la alerta sobre el riesgo de incendios forestales cuando han transcurrido poco más de dos semanas del desastre del Alt Empordà, en el que el fuego arrasó 13.000 hectáreas. El recuerdo de las pavorosas imágenes de las llamas y, luego, el impacto sobrecogedor de la naturaleza muerta -visible por los ciudadanos desde la muy transitada AP-7- deberían bastar para mantener la guardia alta y evitar imprudencias como la que, al parecer, originó aquella calamidad. El sentido común y la mínima conciencia cívica deben ser suficientes para evitar llegar al extremo de la denuncia anónima de los temerarios con el fuego que defiende el conseller Felip Puig.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 08 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La Administración catalana sabe que contra los incendios forestales es decisiva la política preventiva, es decir, el cuidado de los bosques. Contrariamente a lo que se pueda creer, en los últimos decenios la masa forestal de Catalu-
nya ha crecido en paralelo al abandono de muchas explotaciones agropecuarias. La limpieza de ese entorno rural susceptible de incendios es manifiestamente mejorable, como ponen de manifiesto todos los profesionales del medio. Si a esa falta de inversiones preventivas se une la limitación de medios materiales para combatir incendios -como también denuncian los bomberos y los expertos forestales-, el desastre ya no es una posibilidad sino una realidad ineluctable.
El incendio del Alt Empordà ha generado numerosas iniciativas ciudadanas para repoblar las zonas devastadas. Es un propósito loable que entronca con la mejor tradición de solidaridad de los catalanes, pero innecesario e incluso contraproducente. Los técnicos recuerdan lo que las personas de más edad ya han tenido oportunidad de comprobar: que los bosques mediterráneos están familiarizados con el fuego y se regeneran espontáneamente en unos cuantos años. Demasiados, quizá, para lo que querría la mayoría de personas, pero pocos en términos históricos. Es una contraprestación de la naturaleza que, sin embargo, no exime de las inversiones a la Administración y de la prudencia a los ciudadanos. El eslogan Todos contra el fuego, con un cuarto de siglo a cuestas, tiene una vigencia permanente.