Emma Riverola
Escritora
El Alt Empordà ardió. Para ruina, tristeza y desolación de todos. Los posteriores estudios determinarán si una mayor inversión (o menos recortes) en extinción y prevención podían haber plantado cara a una fiera tramontana. Por ahora, el Govern tiene claro que el origen de la tragedia partió de la bárbara imprudencia de unos fumadores. Como es natural, Felip Puig ha anunciado que se hará todo lo posible para identificar a los responsables. Pero el conseller ha vuelto a dar un paso más allá en la colaboración ciudadana para adentrarse, de nuevo, en el oscuro mundo de delación.
Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 26 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Así, Puig anima a los ciudadanos a fotografiar con los móviles a los conductores que arrojen cigarrillos por las ventanillas y enviar las imágenes a los mossos. ¿Y entonces? ¿Se investigará cada una de las fotografías enviadas? ¿Se buscará la colilla y se someterá a los pasajeros a pruebas de ADN? ¿Y cómo se sabrá quién ocupaba en ese momento el vehículo? Imposible. Sencillamente imposible. Incluso ridículo. Pero no ingenuo.
Ahondar en la cultura de la delación no es inocente. Invitar a los ciudadanos a construir una sociedad vigilante, donde en el rostro del prójimo se busca la culpa y no la solidaridad, puede ser devastador para la convivencia. Tal vez arroje ventajas para el gobernante, quizá consiga una adhesión mayor a su labor, pero la historia enseña que nada bueno brota de la delación.