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RELATO. El hostal de la luna (4)

Iron continúa con el relato de lo que les sucedió a los integrantes de Els Xaloc en aquel verano del 79 y cómo afectó al grupo. Por ejemplo, que Pere descubriera a Brigitte una noche besándose con el Rata.

Tirados en la cuneta

Jueves, 9 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
por OLGA MERINO

A ratos, en mi cuarto, durante las tardes de plastilina, me daba por pensar que a los macarenos, sobre todo a mí, el grupo nos aceptaba por el Renault-8 de mi hermano Paco. Entre el maletero, la baca y el hueco de atrás --arrancar el asiento de las guías nos costó Dios y ayuda-- cabía mucha de la impedimenta que trajinábamos de concierto en concierto: los amplis, el bombo, los pies de los micros... En cambio, el Ratafía y su dos caballos, color clara de huevo recocido, acarreaban únicamente los teclados del señorito, algún bafle y a la Brigitte de copiloto. En realidad, la niña se montaba muchas veces en el coche del Paco, según quién pasase a buscarla. Porque a la yegua bonita había que recogerla en la puerta de su cuadra. El Ratafía llevaba pegado en el capó de su tartana un adhesivo con un sol amarillo y sonriente que decía: «Nuclear? No, gràcies».

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Información publicada en la página 314 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 09 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Yo prefería ir de paquete en la Sanglas 400 del Pere, aunque rateara en los acelerones, perdiese aceite y nos jugara malas pasadas. Aun así, cuando quería, qué bien petaba la jodida. El Pere, el hereu de la masía de Can Falà, siempre tan templado, arrugaba el entrecejo y se mordía el labio inferior cuando yo lo chinchaba y trataba de buscarle las vueltas diciéndole que llevaba la mismitita moto que el parque móvil de la Guardia Civil. Cómo resoplaba entonces, el condenado.

Me gustaba conversar con el Pere. Bueno, en verdad yo hablaba más que él, porque el Pere Semenfot Ribot era muy reservado, un tipo replegado hacia adentro, y había que sacarle las palabras de la tripa con ganzúa. Aunque sabía escuchar como ninguno de nosotros y, cuando soltaba algo, la clavaba: la sentencia justa, la gota de seny que faltaba o aquella parida tan genial que te tronchabas de risa. Charlábamos bastante, incluso a horcajadas sobre la Sanglas --un poco a gritos, pero solo un poco--, porque al Pere le gustaba conducir despacito para que contemplásemos el paisaje de su infancia. Cuando el Pere decía «aquestes contrades», soltaba la mano izquierda del manillar.

Si teníamos un bolo, salíamos con tiempo, mucho antes que los otros tres, y enfilábamos hacia el pueblo en cuestión por vías de carro, trochas de tierra que tan solo transitaba algún payés camino de su trozo de huerto a la hora del riego. Nos daba la solana en la cara y respirábamos un aire limpio que olía a hinojo, a tierra removida y a fruta madura. Entonces no llevábamos casco ni nada. Entonces uno saludaba a todo el mundo con quien se tropezara en los senderos. Entonces, en el verano del setenta y nueve, el tiempo transcurría de otra manera.

Una tarde de agosto, justo cuando el sol comenzaba a aflojar el puño, el Pere y yo salimos rumbo a Bescanó con horas largas por delante antes del concierto; debía de ser la fiesta mayor o algo así. A nuestro ritmo, poco a poco, como si estuviésemos medio dormidos, trazando eses lentas entre los sembrados. Me acuerdo de que yo iba cantando una de las cositas de Triana, porque llevábamos una canción en el repertorio en que el Pere, mi Paco y yo hacíamos los coros. Montado en la Sanglas, el Pere no cantaba porque, como iba delante, se tragaba todos los mosquitos y bichos del camino si abría mucho la boca.

En ese placentero recorrido estábamos, entre tramos de luz y sombra, con chopos a uno lado y otro lado de la vereda, cuando, de golpe, la moto comenzó a petardear, paff, paff, paff, y dar estribazos hasta que se paró. Se quedó clavada en mitad de la nada como una mula terca.

La perla. La maldita bujía nos había hecho la perla otra vez.

--Ja hi som! Baixa, Iron, baixa.

El Pere apoyó la moto en la pata de cabra y, para mi asombro, se acomodó en la cuneta, entre los zarzales, y se dispuso a liarse un canuto con parsimonia. Encima, le puso doble papel, Smoking rojo, cuyas hojas parecían sábanas de franela. Era templado el Pere, como digo. Después de todo, la bujía no podía ni rozarse: debía de arder como un tizón. Me senté, pues, a su lado. Fumamos.

Nunca olvidaré el tono de su voz ni las palabras que me soltó mezcladas con una bocanada de humo dulzón:

--L'altre dia vaig veure en Ratafia morrejant-se amb la Brigitte.

Tragué saliva.

--Trola.

--Ep, nano, que jo no dic pas mentides. Tu ho saps.

Y era verdad. El Pere no echaba embustes.

--¿Quan? A on? -dije sin pensarlo demasiado, por ganar tiempo. Y se lo pregunté en catalán; con el Pere me atrevía a intentarlo.

¿Dijous al vespre, sortint de Cal Garrell. En el banc més amagat de la plaça. -Cal Garrell era uno de nuestros bares de cabecera.

Con esta clase de conversaciones uno se va volviendo más adulto, que consiste en la martingala de pensar y callar, de amagarse, de nadar y guardar la ropa. Quiero decir que tanto el Pere como yo, sin haberlo comentado jamás, sabíamos que mi hermano Paco se moría por la Brigitte.

A mí también me estaba haciendo la perla el cerebro.

Sacamos la maldita bujía, la quemamos con el mechero para limpiarla, la refregamos contra las hierbas del campo --no llevábamos pañuelo, ni trapos viejos, ni nada--, volvimos a colocarla, y ni por asomo: a la Sanglas le gustaba el melonar donde nos había dejado tirados.

Caían cuatro gotas, una llovizna tan mansa como el Pere, cuando resolvimos seguir hasta Bescanó empujando la moto por el camino de tierra; un rato él, un rato yo. No llevábamos reloj ni sabíamos que aún nos quedaban seis kilómetros de tute. Yo me quedé pensando en que se nos iba a caer el pelo. A los dos.

--Aquesta ens durà problemes... Però això s'acabarà aviat.

No entendí si el Pere se refería a la Sanglas o a la Brigitte, pero tampoco se lo pregunté. Quizá porque prefería no saber, o porque estaba metido en mi comecocos o porque en aquel preciso minuto me había tocado el turno de arrastrar un jumento que pesaba casi 200 kilos.

Avistábamos ya las primeras tejas rojas de Bescanó, cuando el aguacero comenzó a arreciar, sobre el sillín de la moto y sobre nuestras camisetas de algodón. Llegábamos tarde, muy tarde, por los pelos para el concierto, pero no importaba. Ya casi todo daba igual. Nos faltaba apenas un cuarto de hora para enterarnos de que el recital de Els Xaloc se suspendería.

La lluvia nos había salvado. Por el momento.

Y MAÑANA: El quinto capítulo: La noche en que la cuerda se rompió

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