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Peccata minuta

Tiempo al tiempo

Sábado, 4 de febrero del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
JOAN OLLÉ

Si toda muerte es estúpida por definición, la del director cinematográfico Theo Angelopoulos, fallecido recientemente tras ser arrollado por una estúpida motocicleta conducida por un estúpido policía de paisano en el puerto de El Pireo mientras buscaba localizaciones para su próxima película, es dos veces estúpida, tanto como si Alejandro el Grande hubiera muerto a causa de un estornudo. Angelopoulos, que viajó en su cine a través de toda la historia de Grecia, desde los grandes sabios antiguos hasta el actual hundimiento económico y moral pasando por la dictadura de los coroneles, redimió a su país de sí mismo a través de la nostalgia, la belleza y la lentitud; la nostalgia para recordar de dónde venimos, la belleza porque quien sabe mirar la crea, y la lentitud para disfrutar más tiempo de la belleza. Lloré la muerte de Angelopoulos -como la de Pina Bausch- de la manera más egoísta: no pensando en ellos, sino en mí, llorando la gran cantidad de imágenes cinematográficas o teatrales que vivirían eternamente (y un día más) en el lorquiano jardín de las cosas no nacidas. Gracias, Wim, por salvar de la muerte algunos de los trabajos de la señora Bausch, nicotínica emperatriz de Wuppertal. Descansa en la lentitud de la niebla, maestro Theo.

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Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 04 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Pero no todo está perdido para los devotos de la lentitud, de darle «tiempo al tiempo», expresión castellana que tanto gusta a Peter Hand-ke (hermano del alma de Wim Wenders), porque Leonard Cohen, a sus 78 años, acaba de sacar un disco con una docena de nuevas y pausadas canciones. A mi hermano del alma Joan Barril, que tantas cosas me ha enseñado, no he logrado aún convencerle de que Cohen no es un infalible fármaco contra el insomnio -porque mientras lo intento se me duerme-, sino uno de los más serios poetas de la actualidad, capaz de responder al periodista que le pregunta qué es lo que más le gusta hacer con las mujeres con solamente tres palabras: «Fumar muchos cigarrillos». Lentísimos cigarrillos, supongo, como los de Pina, como la niebla de Theo, como bailar Suzanne en la tanda de los lentos de aquellas viejas salas de baile donde se podía bailar y fumar despacio agarrados a un cuerpo, como siempre bailaron los de Wuppertal.

No he escuchado aún el disco de Cohen, pero sí Raó de viure, la última entrega de música y canciones del gran Toti Soler, canciones que canta con su lenta y nublada voz de adolescente sesentón. Pienso que Toti Soler -y Raó de viure me lo reconfirma- es uno de los más importantes músicos catalanes y españoles del siglo XXI. Estoy muy de acuerdo con un recentísimo artículo de mi admirado Sergi Pàmies en el que dice que «Soler actualiza una sensibilidad de modernidad clásica parecida a la que representa Frederic Mompou». ¡Casi nada! Un país que se quiere culto, más allá de amenizarse con sus Manel, Mishima o Els Amics de les Arts, debería proteger a sus más grandes creadores del estúpido mercado que, quizá por desconocimiento, ha decidido ignorarles, porque un día puede llegar una motocicleta -o el olvido-, arrollarles y luego todo son lágrimas, lentísimas (porque se ha llegado tarde) lágrimas de cocodrilo.

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