Rubén consiguió que él y Montse pasaran la noche en el campamento de arqueólogos de Chichén. Así evitaron el contacto inicial con la invasión del sitio arqueológico.
Información publicada en la página 310 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 18 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
A las 8 de la mañana preparó dos nescafés en la cocina del campamento. Le costó trabajo despertar a Montse. Los desórdenes nocturnos que padecía en Barcelona se habían transformado en una inmensa capacidad de sueño. El trópico operaba en ella como un hipnótico más eficaz que las pastillas que Rubén consumía en fracciones cada vez más esotéricas.
Fueron a Serie Inicial, las ruinas del viejo Chichén, que aún no se abrían al público.
Detrás de un inmenso arco triangular los aguardaba una ciudad secreta. Las retorcidas ramas de los árboles dialogaban con los arabescos mayas. En la plaza de la tortuga tuvieron la impresión de ser los únicos testigos de un mundo terminado.
Mientras tanto, a miles de kilómetros de distancia, los planetas se alineaban conforme a la previsión de los mayas. No tan lejos, en Toronto, Felipe Romo recibía una noticia escalofriante: el aeropuerto seguiría cerrado. Pasaría el Apocalipsis en el duty-free.
Rubén había tomado un cuarto de Stilnox para estar tranquilo. Tal vez por eso, o por la serenidad que transmitía esa templada mañana de diciembre, quiso decirle a Montse que no era arqueólogo, no creía en el Apocalipsis y no tenía casa.
Estaba en una encrucijada cósmica, el momento perfecto para que alguien revele que es gay, deje la cocaína, cambie de religión o se case con la persona que tiene al lado. Sintió gran confianza para decir la frase: «Soy un impostor». No abrió la boca porque Montse se le adelantó: «Quiero tener un hijo».
Aunque creía en el fin de los tiempos, ella proponía un futuro, la única eternidad asequible a la especie, la sucesión. «Un hijo, dos hijos, los que quieras», contestó Rubén: «en el más allá todas las familias son numerosas». Se le cortó la voz al decir esto, conmovido por el deseo de Montse.
Al regresar al nuevo Chichén creía en el Apocalipsis, con la redoblada intensidad de los conversos.
México es un país donde el presente trata en vano de arruinar el pasado: la zona arqueológica era recorrida por vendedores que promovían gafas de sol, botellas de agua, artesanías, recarga de teléfonos móviles; los turistas gringos tomaban vitamina B para repeler mosquitos y se untaban bloqueador para morir en perfecto estado de salud; los concheros y otras sectas new-age hacían sonar caracoles marinos.
El caótico tumulto sugería que la civilización ya se había acabado. Un viento fresco despejó la tarde, pero también mezcló olores raros. La Ciudad de los Brujos del Agua olía a barbacoa, mariguana y algo podrido.
Montse y Rubén durmieron a la intemperie y defecaron en las casetas colocadas por el INAH (exagerada en los detalles, Marcia había temido una diarrea multitudinaria, de modo que colocó casetas de sobra).
A las tres de la mañana vieron los astros en fila india. Mucha gente había llevado telescopios. A ellos les bastaban los ojos para comprobar un prodigio que sentían en la piel.
Rubén no necesitó un somnífero para dormir como Montse. Sus almas se unieron en un sueño profundo.
Despertó ante un rostro que confundió con una deidad maya. «Te estaba buscando», Marcia arqueó sus cejas de logotipo: «Chen está desesperado; todavía promete el fin del mundo. Tengo a dos reporteros siguiéndolo. Ahora sí se jode».
«¿Quién es esa loca?», le preguntó Montse cuando la representante del INAH ya se había ido. «Mi futuro», pensó Rubén, pero no lo dijo.
El mundo no se acabó entre el 21 y el 23 de diciembre de 2012. Solo se volvió un poco más raro. Rubén compró los periódicos para conservar, ahora sí, esa efeméride. Su segundo hijo nacería nueve meses después.
El destino encuentra formas curiosas de cumplirse; de algún modo, el Apocalipsis ocurrió: dos charlatanes se convirtieron en mártires de la coherencia. Felipe Romo abandonó el aeropuerto de Toronto, caminó sobre el hielo, se acuclilló contra un farol y murió de hipotermia. Jacinto Chen llevó a un grupo de turistas al cenote sagrado, prometió el fin del mundo y se tiró al vacío.
Esas desgracias salvaron a Rubén. Marcia movió hilos con eficacia y el sindicato de guías descubrió que su nuevo líder debía ser un escéptico.
La familia de Felipe le permitió seguir en la casa que ahora sí podía pagar. Por su parte, Montse consiguió trabajo como diseñadora en una empresa de Miami que llenaba de hoteles la Riviera Maya.
Todo se acomodó sin necesidad de que Rubén le confesara a Montse que mintió para estar con ella.
Una tarde, mientras acariciaba la suave nuca de su bebé, se sintió tan fortalecido por el renacimiento de su vida que se atrevió a arruinarla: «¿De veras creías en el Apocalipsis?», le preguntó a Montse.
«Pero claro; ¡si eres un desastre, cariño!», sonrió ella: «logras que todo empeore maravillosamente».
El cielo se teñía de un color naranja, como si reaccionara a la felicidad de Rubén.
En forma extraordinaria, el mundo se seguía acabando.