Tengo miedo a que me tergiversen, diga lo que diga. O a que se enfaden y me menosprecien si callo. No quiero defraudar a mis amigos federalistas, ni a los asimétricos, ni a los independentistas, advirtiéndoles de que lo importante es el qué. Y que para que sigan mangoneando los mismos, da igual que sean de aquí o allá. Tengo miedo a que reivindicar Catalunya o España sea entendido siempre como una agresión al otro. O bien un truco de los fachas si se hace al unísono. No quiero que me identifiquen ni con unos ni con otros. Tengo miedo de decirle a un amigo madrileño que le sigo queriendo a pesar de querer ser catalán. Que podríamos haber nacido cruzados. O en la China. No quiero ofenderles, pero ¿cómo explicarles mi aprecio sin rebajar mis inquietudes? Tengo miedo de decepcionar a algún familiar porque mi pensamiento difiera del suyo en tiempos de adhesiones inquebrantables. No quiero inquietar a convictos honestos con mi indecisión. Pero tampoco que me pongan etiquetas por reivindicar lo que me parezca justo, sea irme o quedarme. A medias o del todo. Si las fronteras son rastros de sangre y semen, como dice Xavier Rubert, entonces ¿qué valor real tienen? Nos están presionando hacia una peligrosa antagonía, que no es cierta, hacia una división mental imposible. A elegir entre blanco o negro cuando nos gustan los infinitos grises que hay en medio. Vivimos un manipulador engaño político por parte de todos los bandos, que en el fondo son el mismo. Un poder omnímodo que basa su manutención en nuestro desconcierto.
Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 18 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Este diario, desde su contraportada, anima a que nos mojemos. Pero yo tengo miedo. Ya sé que existe la libertad de expresión y que no hay censura. Pero me persigue el legítimo recelo a no ser entendido. Temo no saber explicarme con detalle y herir opinando sobre identidades. Temo que la opinión se convierta en violencia.