El Periódico

OPINIÓN

Emilio Pérez de Rozas

Emilio Pérez de Rozas

Periodista

Yo también adoré a Pernau

Martes, 15 de noviembre del 2011 - 17:09 CET

Ser hermano de Carlos me convirtió en el hermano pequeño de todos. Y, sí, ciertamente, yo era, soy, algo más joven que ellos. Así que del que no era casi hermano era sobrino del todo. También le ocurrió de alguna manera a Martí Perarnau y al maravilloso y desaparecido Alfonso Soteras. Yo me movía entre ellos por enchufe de Carlos y por el prestigio, la solera y la experiencia periodística de papá, aunque ideológicamente papá y ellos no tenían nada que ver.

Yo llegué a ellos por profesión, cierto, por devoción, también, pero, sobre todo, porque les había ayudado a pasar a limpio los 200 temas del examen final de carrera de la Escuela de la Iglesia de Periodismo. No llegué a ser su negro, pero casi. Ellos me daban el material y yo lo pasaba al folio de la vietnamita, que ellos luego utilizaban a modo de pequeña imprenta para distribuir los temas entre el clan amigo.

Y así llegué a la redacción del Diario de Barcelona. Y allí los tuve a todos, desparramados. Si tú convivías con Alex J. Botines, Antonio Franco, Miguel Ángel Bastenier, José Antonio Sorolla, Xavier Batalla, José Luis Erviti e, insisto, el bueno de mi hermano Carlos y no conseguías que se te pegase algo de ellos es que o eras tonto o no amabas esta profesión. Solo con pegarte a ellos, caminar detrás de ellos por la redacción, recogiendo, absorbiendo lo que se les caía o, simplemente, oyéndoles hablar de periodismo, de noticias, del papel, podías convertirte en periodista. Bueno, regular o malo, ya dependía de ti. Ellos regalaban sus conocimientos. Eso sí, siempre (aún hoy, sí, aún hoy y ya tengo casi 60), considerándote el más pequeño de la clase, el ayudante, el aprendiz.

Les cuento esto no por rememorar tiempos pasados, cuando el papel era el papel, decisivo, influyente, casi mítico, no, no, sino porque se ha muerto aquel que los guiaba a todos ellos, el maestro Josep Pernau. Les escribo de estos monstruos, de estos tipos que nos hicieron periodistas a muchos, porque lo grande de ellos es que tuvieron su dios. Cuando ellos hablaban de Pernau eran palabras mayores. Tú, que deambulabas entre aquellas mesas, corrías por aquellos pasillos, entrabas (con permiso) en sus despachos, trabajabas con máquinas de escribir de verdad y pesados teléfonos de baquelita, tenías la obligación de abrir bien los oídos cuando ellos hablaban de Pernau. Porque Pernau, aunque él nunca lo supo, eran palabras mayores para esos gigantes. Porque cuando uno veía a Pernau adivinaba el triángulo de dios, del dios periodístico, sobre su cabeza.

Yo era el botones de aquellos que aprendían de Pernau. Estos hombretones, que siempre han reconocido estar en deuda con Pernau, aprendieron del maestro su mayor cualidad: la generosidad. Pernau jamás, jamás, se guardó nada para él. Todo lo que sabía, de la vida y de la profesión, lo regalaba. Yo sé lo que Pernau sabía porque me lo contaba Franco, Sorolla o Bastenier, que ya era Wikipedia cuando la Wikipedia ni existía. Tú les veías trabajar, hasta altas horas de la madrugada y, cuando les oías decir “esto que lo vea Pernau”, lo único que deseabas era que te dieran a ti los dos folios del artículo peligroso para acercárselo tú al maestro, entrar en su despacho y verlo. Esa mirada, esa luz, te alimentaba de periodismo durante una semana. Hasta que se sorteaba la siguiente duda e ibas a buscarla para ver si te la volvían a dar para volver a hacer de sherpa de la redacción.

Y es ahora, cuando él ya no está, cuando puedo contar que, de vez en cuando, Pernau me consultaba cosas del Barça para alguno de sus Opus Mei. Y ¿saben una cosa?, él sabía la respuesta. Es más, ya la había escrito correctamente. Quiero pensar que me consultaba para verme. Como hacía yo cuando le llevaba al despacho el artículo peligroso que había fabricado alguno de sus alumnos aventajados. Él lo sabía todo. Pero disimulaba. Como disimulaba ser el maestro. Tenía el móvil de Dios. Ahora ya lo podrá tirar.

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