Emma Riverola
Escritora
Demasiado caliente. Revuelve con cuidado la sopa para que se enfríe un poco. Juguetea con las letras. Como cuando era chico. Forma su nombre. También el de ella. Podría condensar su vida en esos pedacitos de pasta. Palabras y más palabras. Todo está ahí, en esa sopa. En ese puñado de letras capaz de transformarse en una declaración de amor o de causar la herida más profunda. Con ellas también se construyen los discursos altisonantes, se visten de gala los desatinos, se encubre la incapacidad con excusas grandilocuentes y se lanzan proclamas para cambiar la historia.
Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 01 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
¿Se habrá enfriado ya la sopa? El anciano vuelve a hundir la cuchara en el líquido y, tratando de dominar esa mano rebelde, se la acerca a los labios y da un sorbo. No, aún está demasiado caliente. En el viaje de retorno, el pulso se alborota y derrama un poco de líquido sobre el pijama. El cuidador lo ve y le coloca bien la servilleta. También le hace una broma. Este mes no cobrará. Ningún trabajador del asilo recibirá su nómina de julio. Los que juegan con las palabras dicen que no tienen dinero para pagarles. El cuidador se ofrece para ayudarle. No, él aún puede solo. El anciano sigue con su juego de letras, pero en un arranque de furia en justa proporción de sus fuerzas, empieza a chafarlas. Demasiadas letras. Demasiado tiempo perdido entre palabras. Al fin, toma una cucharada. Está aguada. ¿A alguien le importa?