Joan Ollé
Periodista
Las murallas que rodean la medina de Assilah (arcilla) son tan gruesas que impiden a la cobertura -esta dama de la que todos dependemos- pasear por sus callejuelas, probarse babuchas en el zoco o tatuarse efímeramente con jena; ella se queda en la puerta de Bab-el-Homar como una mendiga más. Y, a falta de internet, uno deambula por los demasiados canales de su parabólica intentando enterarse de lo que ha pasado por los otros mundos para escribir sobre ellos. Pero la sangre de Damasco mezclada con los maltrechos euros de Mario Draghi bajo la cantinela de mil telepredicadores y teléfonos de mujeres ardientes que esperan nuestra llamada me invitan a cerrar el aparato y concentrarme en el olor del frutero que preside la mesa del comedor. Y más allá, en la estantería, unos multicolores botecitos de cristal llenos de especias y pigmentos junto a un camello dorado y una oca de madera con una rosa rosa en el pico. Mi panamá yace en la tarba junto a la reproducción de un viladecans del siglo XX; lo vuelco boca abajo y no cae ninguna idea: es un sombrero de sol inútil en la noche. No tengo sombrero de copa y me sirvo un vasito de agua con gas; el ruido del chorrito se junta con la vibración de la nevera y ya estoy en un Sónar discretísimo que fabrica sueños en la cabecita de los niños que duermen. (Los niños que duermen ahondan el silencio de las casas).
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 04 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Por la ventana abierta entra un retumbar de tambores: es el anuncio de que, después de una noche de harira, tabaco y fiesta, regresa el rigor del Ramadán. Y más allá de los tambores están la Luna y las estrellas, que pueden contarse, como los huevos, por docenas. Y uno, que llevaba mucho tiempo sin mirar el cielo, ve en cada luz la memoria de un amigo, se pregunta por los límites del nacer y del morir y añora no tener un dios o un amor al que rezar muchas veces al día.
Y este uno no quiere saber nada de cifras, de discursos miopes ni de patrias, porque está de vacaciones
-que se le antojan eternas- con los suyos, y demasiado tiempo ha perdido ya bailándole el agua a asuntos que poco tienen que ver con la vida. Y es que en este pueblecito marinero existen la miseria, la pobreza, la enfermedad, pero no la crisis: aquí la lucha por la vida es cosa de cada día y no se cifra en palabras, sino en objetos y herramientas: el cemento de la obra, la caña de pescar, el pan redondo, el cuchillo para cortarlo y el metro de medir.
Mañana
No tenemos dioses ni cobertura, pero la menta está en su jarrón, el libro abierto sobre la mesa, las llaves y monedas esparcidas caprichosamente en una bandeja de alpaca, el teléfono cargándose y los bañadores tendidos en los hilos del terrado. Mañana será otro día y otros los objetos (el gel, la toalla, la cafetera, los bollos sobre los que danzan las abejas, la manta sucia del carro del burrito que nos llevará a la playa...), pero nosotros los mismos de siempre, miembros de la sociedad protectora de las cosas que nos acompañan, como otros lo son de los animales. Nos salvamos en las cosas, siempre que estén en su sitio.