Poner la grabadora frente a personas que rozan los 25 años, uno más o uno menos, es registrar el discurso de una generación enfadada. Uno puede hablar de ecología, de rastas, de internet, de coches, pero por alguna razón siempre sale el enfado por esta sociedad «salvaje» en que les ha tocado vivir.
Información publicada en la página 72 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 09 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
-¿Desde cuándo lleva rastas?
-Hace cuatro años y medio. Ahora me las estoy quitando. Me duelen las cervicales y tengo problemas en el cuero cabelludo.
-¿Y cómo lo lleva?
-¡Como si me deshiciera de una parte de mí! Y también siento mucha tristeza. Me lo tomo como una renovación personal: un cambio más en esta época de cambios.
-Explíqueme, ¿qué otros cambios está viviendo?
-En realidad, lo que creo es que todos estamos viviendo muchos cambios sociales. La sociedad estaba anclada en un pensamiento tan egoísta que era imposible seguir adelante y ahora todo está renovándose, cambiando. Se puede decir que es una época de reflexión y también de revoluciones.
-¿En qué sentido?
-A la gente joven no nos gusta el mundo en el que vivimos. ¿Tenemos futuro? No. ¿Queremos formar familias en esta sociedad? No. Tal y como está montada esta sociedad salvaje, somos como robots: trabajamos 12 horas o más, pagamos las facturas porque así lo exige la sociedad y cobramos muy poco. No queda tiempo ni para pensar ni para reflexionar. Además, si te detienes y te escuchas, qué oyes: que no te gusta nada. Es supertriste y solo queda la huida de uno mismo y de la realidad.
-Y, según usted, los principales horrores son...
-Abusamos de todo: de la tierra, de nosotros mismos, de la gente que nos rodea. Estamos en círculo de podredumbre. El dinero y la política pudren a la gente.
-Propóngame un camino.
-Que nos escuchen: la sociedad ha ignorado los valores de los jóvenes. La mayoría son gente más sana que el resto de la sociedad. Quieren compartir, les interesa más el arte, crear cosas, la artesanía. Es como un volver atrás e ir hacia adelante al mismo tiempo: hay gente que está aprendiendo a coser, a bailar, a hacer cerámica, y otros ayudan en centros sociales. Creo que los jóvenes somos más conscientes y queremos cuidar el mundo.
-¿Y cambiarlo?
-Sabemos que no podemos cambiarlo. Recuerde lo que pasó en la plaza de Catalunya con el 15-M: salimos a la calle y nos echaron. Por eso, los jóvenes se cierran en lo que yo llamo tribus: en pequeños grupos que tienen sus ideas, van haciendo su camino y se respetan los unos a los otros. Se puede decir que la sociedad va por su lado y los jóvenes van a su rollo, al margen de la sociedad.
-¿Y lo habla muy a menudo con sus amigos?
-La mitad de mis amigos se ha ido a vivir al extranjero porque no encontraban trabajo aquí. Les está yendo bien en Londres, en Ámsterdam, en Tailandia...
-¿Y usted plantea irse?
-No. Trabajo en Manostijeras, una peluquería del centro, y mi trabajo me gusta mucho. Supongo que si la economía sigue así y me va mal, me moveré. Viví dos años y medio en Londres porque no encontraba trabajo aquí, así que cambiar de cultura no es nuevo para mí.
-¿La han discriminado nunca por llevar rastas?
-En Londres, no. Qué va, todo lo contrario: me paraba la gente por la calle. Aquí, en una peluquería, me pidieron que me las quitara si quería trabajar con ellos, pero no quise. Aquí la gente juzga más por la estética. En Londres, importa más el currículo.
-Imagine: ¿qué pide para el futuro?
-Espero que en 10 años pueda decir: este es el mundo que yo quiero; el que hemos creado todos. Ahora sí quiero ser madre porque el mundo en el que vivo vale la pena, me gusta.
-Todo el tiempo hablado de los jóvenes, pero ¿cree que solo anhelan un cambio los jóvenes?
-Estoy convencida de que todos lo pensamos. En nuestro interior, todos queremos vivir en un mundo más justo, mas humano. Es verdad que quizá la economía no cambie, pero la gente puede que se vuelva más humilde. La vida es más que tener coches y casas; es compartir y ayudar al prójimo. Por eso yo sigo pensando en positivo.