La brutalidad que se ha abatido sobre la población civil siria ha hecho naufragar el frágil plan de Kofi Annan, el enviado de la ONU y de la Liga Árabe. Su objetivo era acabar con la violencia y sentar las bases para una transición democrática, como pedían los sirios que iniciaron la revuelta contra la tiranía de Bashar el Asad. Cada día que pasa aquella revuelta iniciada por la oposición, tan legítima como las que consiguieron derrocar a otros autócratas de la zona, se aproxima a una guerra civil. Los temores a una repetición del enfrentamiento sectario que alimentó los 15 años de violencia en el vecino Líbano van camino de convertirse en realidad.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 09 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Fracasado el plan de Annan, ¿hay otro? La respuesta es que no. Lo que hay son dos opciones -o la intervención o más presión diplomática- y ninguna de ellas garantiza el fin de la violencia ni los tiempos rápidos. Las insoportables imágenes de niños masacrados, como la publicada ayer en la portada del diario, o las espeluznantes crónicas de los pocos periodistas que han podido acceder a los escenarios de las matanzas sectarias impelen a exigir una intervención, pero nada asegura que una acción de este tipo consiga acortar el sufrimiento de la población y plantea la pregunta de quién debe o está dispuesto a intervenir. Siria no es Libia. Damasco cuenta con un gran arsenal renovado y en perfecto estado, sus reservas de crudo no son comparables a las de Trípoli, y las potencias con capacidad de actuación están agotadas por años de intervención en otros conflictos y por la crisis generalizada. Los únicos que pueden hacerlo son los vecinos Turquía, Arabia Saudí y Catar, que en realidad ya se han implicado de forma solapada y sin ningún plan al facilitar el primero el paso fronterizo y al armar a los rebeldes los segundos.
La opción de más presión diplomática, la que propone Annan, es técnicamente impecable, pero tiene el gran inconveniente de que dos de los elementos fundamentales, Rusia y China, han sido, con su veto en el Consejo de Seguridad, el mayor obstáculo incluso a la simple condena del régimen de Damasco. Pero si hay que evitar una guerra civil, y en este objetivo hay que concentrar todos los esfuerzos, la presión debe ejercerse sobre Moscú y Pekín.