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Información publicada en la página 18 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 12 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Mariano Rajoy se preguntó ayer en tono retórico si las medidas de recorte y de subida de impuestos que acababa de anunciar ante el Congreso de los Diputados servirían de algo. Su respuesta, por supuesto, fue afirmativa, pero esa gran cuestión es mucho más compleja y escapa al desideratum de un político. En estos momentos, muy pocas personas, expertas o no, creen de verdad que todos estos sacrificios nos pueden llevar a buen puerto. La experiencia dice que en los países donde se han aplicado estas recetas los resultados dejan mucho que desear, no ya para la población, que ha sido empobrecida, sino para la propia actividad económica, que se ha contraído.
Pero no hay que mirar fuera de nuestras fronteras. La escena de ayer de un presidente del Gobierno presentando y defendiendo ajustes a la vez que aseguraba que van contra su programa electoral, su ideología y su criterio personal era un remake de la que protagonizó José Luis Rodríguez Zapatero en la misma tribuna hace algo más de dos años. El socialista evitó la intervención europea con un programa de recorte de 15.000 millones de euros para dos años. El conservador trata ahora de esquivar inútilmente un rescate que ya se ha producido con un recorte de 65.000 millones para dos años y medio. Paradójicamente, ambos han intentado convencer a los españoles de que acepten los esfuerzos que inspiran unas ideas que ellos dicen no compartir.
A estas alturas, los ciudadanos tenemos elementos de juicio más que de sobras para evaluar lo conseguido. En el momento del ajuste inicial de Rodríguez Zapatero, en el primer trimestre del 2010, según la EPA 4,6 millones de españoles habían perdido su empleo. Ahora son 5,6 millones. Entonces, el Estado tenía contraída una deuda equivalente al 62,3% del PIB. En estos momentos, es del 68,5%. El diferencial que se pagaba por el bono español a diez años respecto del alemán en mayo del 2010 era de 162 puntos, mientras que ayer estaba en 536. El déficit público, que cerró el 2009 en el 11,2% acabó el 2011 en el 8,9%, si bien las perspectivas permiten suponer que acabará este año por debajo del 7%. Y el PIB del 2010 cayó el 0,1%, mientras que en el primer trimestre de este año lo ha hecho en un 0,5% en términos interanuales. Es evidente que no se puede hacer un balance positivo de los resultados de la política de recortes que dicta la Unión Europea, ni mucho menos.
Desconcierto
En consecuencia, la respuesta al interrogante del presidente tampoco puede ser afirmativa. Los ciudadanos asistimos con las manos atadas a la aplicación de recetas económicas que no figuraban en el programa electoral del PP. Una política deslavazada: se sube el IRPF, pero se otorga una amnistía fiscal a los grandes defraudadores; se suprime la desgravación por la compra de vivienda pocos meses después de haberla restaurado: se destinan miles de millones a ayudar a la banca mientras se recorta hasta tres veces el salario de los funcionarios... No hace falta ser economista para captar el desbarajuste, la improvisación y la rectificación.
Los seis meses y medio de Gobierno del PP están repletos de esos errores y de una política frente a Bruselas de desplantes, negativas, apelaciones vacías a la soberanía nacional y negación de la realidad que no han dado ningún fruto. El presidente del Gobierno ha reaccionado tarde y mal a la segunda recesión que sufre España en esta larga crisis, como le pasó a Rodríguez Zapatero con la primera. En el caso de Rajoy, hay que sumar como uno de sus errores más graves -del que ayer se zafó como pudo- la mala gestión de la crisis de Bankia, donde había colocado a un compañero de partido, y cuyo estallido ha arrastrado a todo el sistema y ha terminado por afectar a toda la economía.