Durante años, los beneficios estratosféricos del sector financiero lo han situado en una nube de privilegios que ahora, a pesar de andar mendigando miles de millones de euros para sanear sus cuentas, parece resistirse a abandonar. Sueldos inmorales, enjuagues vergonzosos, la porquería del tocho y de la megalomanía política escondida bajo alfombras de todos los colores y una perversa ceguera por parte de los que supuestamente debían velar por la solvencia han causado un colosal descalabro que ahora debemos tratar de apañar. Así, las culpas del derroche se expían con las arcas mermadas que unos ciudadanos aún más extenuados se encargan de ir salvando.
Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 11 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Ya que estamos obligados a redimir a los bancos, ya que la responsabilidad nos alienta a reconocer la necesidad de su rescate, ¿no podríamos imponer algunas normas del juego para todo el sector financiero? Desde la denuncia de los responsables políticos y financieros del desastre, hasta la dación en pago, total transparencia en la gestión y límites en los sueldos. Es un sector privado, sí, pero con una evidente trascendencia pública. No todos son culpables del descalabro, pero también son inocentes tantos jubilados que, por prácticas bancarias de dudosa ética, ahora tienen sus ahorros comprometidos por las participaciones preferentes. Que la sarna de la austeridad pique a todos por igual.