Arrastrando pertrechos, instrumentos y algunas profundas insatisfacciones, los miembros de la banda Els Xaloc llegan a una cala recóndita en Cadaqués. El whisky actúa de catalizador.
L a última noche, se conjuraron la tramontana y un exceso de alcohol y de esas verdades no dichas que acaban fermentando.
Información publicada en la página 314 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 11 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Comprendí que subir a Cadaqués no había sido una buena idea en cuanto mi hermano Paco se empecinó en que descargásemos los pertrechos, sujetos con pulpos bajo el toldo, y los arrastráramos con nosotros hasta la playa porque recelaba que nos los birlaran. También sacamos de los coches las dos guitarras y el bajo del Pere, por si acaso, y a mí, el Iron, el chico de los recados, me tocó doble fardo aunque estaba derrengado. La Brigitte, que decía conocer una cala recogida, iba por delante abriendo un camino que emprendimos en silencio, ensartado tan solo por el cricrí de los grillos, las cinco respiraciones acompasadas y el rumor de nuestros pasos sobre el sendero de grava. Pasaban dos horas largas de la medianoche.
Ninguno sabía exactamente qué decir. Sobreactuábamos. Parecíamos marionetas viejas hasta que el Pere sacó del macuto las dos botellas de Cutty Sark que habíamos comprado en un bar de carretera y que empezaron a rodar de mano en mano, incluso por las del Ratafía, quien también se amorró aunque nunca probaba otro bebistrajo que su jarabe de hierbas. El whisky ayudó a aceitar la incomodidad: hacia el final de la noche habían caído las dos.
A mí ni el Cutty me hizo entrar en calor. No era que el viento del Empordà sacudiese como acostumbra, sino que me había quedado destemplado por el fiasco en el Pipo's, por la mala sombra de que se le reventara una cuerda a la Gibson de mi hermano en el momento de la verdad, y porque la chupa vaquera y la espalda del Pere no habían sido suficiente cortavientos para remontar la carretera de paquete en la Sanglas. Tenía enojo y relente en los huesos. Por eso no entendí que la Brigitte diera la nota bañándose en pelotas, ni que comenzase a tontear con el Rata delante de todos. La culpa fue de la priva. O casi.
Nos apalancamos separados sobre la playa de guijarros. El Rata y la yegua bonita, detrás del montón de instrumentos; el Pere y yo, al otro lado de la pila; y mi hermano Paco, unos metros más allá, apartado, porque supongo que necesitaría estar solo después del chasco. Formábamos un triángulo con los tres vértices muy afilados.
Mi socio el Pere se quedó frito en seguida. Yo me abroché la cazadora hasta el último botón y, arrebujado en un faldón de la lona que cubría las guitarras, me puse a buscar alguna estrella en la negrura del cielo; el resplandor de la luna permitía vislumbrar las hilachas de nubes que lo atravesaban. De vez en cuando, echaba un vistazo al Paco, que tampoco dormía. Y, sobre todo, me dediqué a escuchar.
Siempre es mejor no saber. Quedarse al margen.
Oí que el Ratafía y la Brigitte charlaban y, entre los jirones de conversación, junté alguna frase con sentido. Luego vinieron los susurros y un murmullo de salivas y lenguas. Sentí rabia, pero no fue eso lo que me encabronó, sino escuchar que el Rata culpaba a mi hermano de que hubiésemos perdido el concurso de la radio. Que se lo había advertido, que le había dicho que cambiase el juego entero de cuerdas, que limase la silleta del puente por si alguna rebaba se las partía, que lo hizo adrede, que le importaba un bledo. Es más: que el Paco nunca había puesto interés. Ahí me acordé de sus noches en vela punteando. Y fue entonces cuando me levanté y entré a degüello, enceguecido, como un perro con hambre.
Solo recuerdo mis gritos, los cabezazos, un empujón, mi boca contra el canto de una piedra y los platillos cortando el aire y el agua.
A la mierda la música. Recogimos nuestras cosas y nos largamos cuando comenzaba a clarear, dejándolos tirados en la playa, sin importarnos cómo diablos se las apañarían para bajar la montonera de bafles y trebejos entre el dos caballos y la Sanglas.
Dicen que el viento de tramontana suele traer agua por delante o por detrás, y así fue. Lloviznaba, esa lluvia gris que anuncia el final del verano, cuando doblamos las últimas curvas, con las ventanillas aún abiertas, muy despacio, porque en realidad no queríamos llegar a ninguna parte. Miré al Paco de reojo y percibí que hacía esfuerzos por que no se le saltaran las lágrimas, mientras yo seguía apretándome el labio, muy fuerte con la yema del pulgar, para contener la hemorragia. Me quedó cicatriz.
El bombo de la batería viajaba en la baca del Renault-8 y, al arreciar la tormenta, las gotas que percutían sobre el parche le arrancaban un sonido extraño, casi lastimero, que me envolvió en una melancolía pastosa. Una pesadumbre con el mismo sabor a óxido de la sangre. La nostalgia anticipada por tantos finales que se solapaban en aquel instante.
Está anocheciendo. Ya tengo los bártulos listos para que mañana me recoja el Paco. Ya ves tú, a estas alturas regreso al piso de los viejos porque no me alcanza para vivir. Y estoy pensando que tendría que bajar a la calle a recoger el bombo del contenedor, si es que no lo han trincado ya. Creo que el bombo de Els Xaloc debería acompañarme durante un trecho más. Quizá, sí. Nunca he dejado de ser el adolescente que se quedó en el hostal de la luna.