Hace 15 años, las tropas del general serbobosnio Ratko Mladic expulsaron a las mujeres, los niños y los ancianos de Srebrenica. Y asesinaron a sus hijos, sus padres y sus hermanos. Más de 8.000 hombres y adolescentes murieron en una masacre concebida para aniquilar y desgarrar para siempre el alma del enemigo. Las lápidas verdes de los cuerpos encontrados -más de 2.000 aún no han sido localizados- salpican el césped y la tierra oscura. Grabadas con letras plateadas, una misma y trágica fecha del fin, 1995, une cada lápida con la siguiente. Como un siniestro rosario de cuentas por el que transcurre todo el sufrimiento que somos capaces de infligirnos. Una sarta de horror a la que podríamos encadenar tantas otras atrocidades de la historia. Desde el genocidio armenio, el Holocausto, la matanza de tutsis en Ruanda, hasta el desgarro de la actual Siria y sus 27 centros de tortura denunciados por la oenegé Human Rights Watch.
Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 13 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La matanza de Srebrenica se produjo ante la pasividad de los cascos azules holandeses, incapaces de velar por la seguridad del enclave. Del mismo modo que ahora sabemos
-porque lo sabemos- que la muerte y la tortura se abaten sobre hombres, mujeres y niños de Siria. Tratamos de poner distancia al horror, pero la distancia no se mide en kilómetros. Todos somos cuentas del mismo rosario. Solo el egoísmo, la cobardía y la avaricia nos separan.