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Final de Copa con polémica

El Rey y nosotros, que tanto le queremos

¿Qué impide que la Corona pueda actuar de garantía de la plurinacionalidad española?

Jueves, 24 de mayo del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
JORDI MERCADER

La última moda de los que suelen confundir balón y patria es silbar al Rey y al himno español en cualquier ocasión que se presente. Mañana, al Príncipe. ¿Por qué se silba a la Corona y al himno? Podría ser un acto político que demostrase la firme voluntad existente en la periferia de llegar a la ruptura con el poder de Madrid. O sencillamente, ser la gaseosa político deportiva que nos ahorra tomarnos en serio las dos cuestiones de fondo: la Monarquía y España. Descartemos en estos aficionados el error de confundir la Marcha granadera de 1761 con un himno fascista y obviemos la reacción de todos nosotros si un estadio pitara Els segadors.

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Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 24 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

AHORA QUE ese gran invento del empate político de la transición llamado Estado de las autonomías muestra síntomas inequívocos de fatiga que lo precipitan al agotamiento, habrá que empezar a pensar en otras fórmulas para salir del viejo laberinto español. Siempre muy limitadas. El simple perfeccionamiento del modelo vigente tiene poco recorrido y presenta tantas incógnitas sobre el sentido que tomarían las reformas que se entiende que no provoque ningún entusiasmo. Federalistas de verdad, habrá una docena fuera de Catalunya; además, el federalismo es un concepto que tuvo su oportunidad y acabó en el «viva Cartagena». El independentismo es todavía un desiderátum sin modelo actualizado y preparado para el siglo XXI, con Europa como referente. Sin pedagogía y sin líder, está muy verde, aunque en avance permanente gracias a la escasez de dineros, la injusticia del déficit fiscal, la insensibilidad general del todo Madrid y también a las ocurrencias políticas de gentes como Esperanza Aguirre, que para no escuchar lo que aborrece lo prohibiría y punto.

El abucheo a la Corona y al himno es tan legítimo como inútil. Porque el problema que los Reyes Católicos creyeron haber solucionado, sigue ahí, como una realidad potente que no desaparecerá con el ingenuo recurso de no pronunciar su nombre. De hecho, aquel matrimonio de conveniencia solo le supo dar nombre al laberinto; la apariencia de unidad fue cosa de los curas. Pero los Reyes Católicos y su nieto Carlos I estuvieron más cerca que nadie de la fórmula más afinada. Eran los tiempos en que el emperador juraba en catalán, en los que los reyes de España lo eran porque eran los reyes de Castilla, de León, de Aragón y Catalunya, de Murcia y así una larga pero precisa retahíla dinástica que respetaba lo que había habido y sigue habiendo en la Península.

El caso es que seguimos teniendo un rey, ahora constitucional pero de una Constitución que no resuelve, ni tan solo cita, los elementos constitutivos del laberinto. El mínimo reconocimiento de las naciones fundadoras, por así decirlo, nos ha sido sistemáticamente negado; el famoso artículo 2, redactado con avaricia histórica. De acuerdo: en 1978, con las gorras de plato y las botas de caña alta del franquismo detrás del decorado, no se podía hacer más.

¿Por qué en lugar de silbar a la Corona no buscamos entre todos los interesados un papel de futuro para la institución? A veces las soluciones de futuro vienen del pasado. Primero, claro, habrá que aceptar que el presente no es cómodo, que la desconfianza se ha impuesto entre territorios, que esto no puede seguir así tres siglos más. Por descontado, podemos continuar disimulando y aferrarnos una temporada más a la confusión intencionada del lenguaje de la transición, que ha tenido su éxito pero que el combate político y electoral y los miembros del Constitucional han acabado por agotar.

¿Tan difícil sería interpretar y complementar la simbología de la permanencia y la función moderadora de la Corona del artículo 56 de la Constitución con la tradición dinástica, hija del estatus confederal que dio origen al famoso matrimonio de Isabel y Fernando, al pacto de Castilla y Aragón? ¿Qué impide que la Corona pueda actuar de garantía de la plurinacionalidad española y de símbolo de lealtad de las partes? Rey, ya tenemos, y la primera y única vez que lo hemos esperado desesperadamente llegó la medianoche de aquel 23-F. Tradición y experiencia confederal, aunque algo herrumbrosas por desuso.

LOS SILBIDOS al Rey y al himno no son una anécdota, son un síntoma de que algo no funciona como debería. Será cosa de la pésima pedagogía histórica seguida desde hace décadas; será cosa del peso psicológico y la confusión que provoca todavía el trauma del franquismo; será cosa de la famosa desafección por la falta de soluciones de un modelo autonómico que en su origen apareció como balsámico; será algo endémico de unas gentes adictas a la confusión laberíntica, será por los errores y cacerías reales; será lo que sea, pero delata la existencia de un conflicto no resuelto. La necesidad de encontrar una fórmula eficiente y duradera para casar las aspiraciones del País Vasco y Catalunya con el conjunto de los pueblos de España es indiscutible; a menos que se quiera dar alas a la tentación secesionista unilateral. Quizá llegue el día en que el Rey, al que tanto silbamos, sea para nosotros, los catalanes, la última esperanza.

Periodista. Autor del libro

Un blanco en la nación culé.

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