EN DIRECTO Sigue el pleno del Parlament de Catalunya
Al final, ocurrió lo inevitable: se desmoronaron las fantasías que Mariano Rajoy contó en campaña y, lo que es peor, se creyó al llegar al poder. Bastaba con cambiar al inquilino de la Moncloa para que mudara el destino del país, pues los acreedores de la deuda soberana no recelaban de España, sino de su Gobierno. Como demostraron las urnas, no era aquel un mal relato para ganar las elecciones sin arriesgar demasiado, pero transformar la propaganda en un programa sólido de Gobierno es misión imposible. La realidad siempre se impone a los eufemismos y a las medias verdades.
Información publicada en la página 80 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 13 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Así que el miércoles asistimos en el Congreso a la rendición de Rajoy,
que con tres palabras para la historia -«No podemos elegir»- reconoció por fin que bajo su mandato se ha producido la intervención de España. Dura o blanda, en mejores o peores condiciones que la de otros países, pero intervención al cabo.
La imagen de un presidente que ante el Congreso que lo ha investido como tal hace trizas su programa y anuncia que en adelante ejecutará unas medidas en las que nunca ha creído debería hacernos reflexionar sobre la calidad de nuestra democracia. Los votantes ya intuíamos que los programas electorales estaban para ser incumplidos, pero hasta ahora los gobernantes habían tenido la delicadeza de no decirnos que los Reyes son los mercados.
En adelante, toda la verdad
En Grecia, el veto de la troika a un referendo sobre el rescate supuso el derrocamiento del primer ministro Yorgos Papandreu, el advenimiento de un Gobierno tecnocrático y el anticipo electoral. En Portugal, la intervención se llevó por delante al socialdemócrata José Sócrates. Y en Italia, Europa liquidó a Silvio Berlusconi y lo sustituyó por Mario Monti, un euroburócrata con más liderazgo que muchos políticos. Nada de esto es posible en España, a solo ocho meses del triunfo electoral del PP. Pero, al menos, Rajoy debería volver a ganarse la legitimidad perdida dando la cara ante los españoles, mirándoles a los ojos y, en adelante, diciéndoles toda la verdad.